Se me rompen los esquemas, se me
rompe la entereza. Mantengo milagrosamente el semblante serio, mirándote,
perdiéndome en tus ojos, intentado saber qué piensas. Intentando saber qué
sientes. Intentando no derrumbarme, no dar tan solo un simple paso y lanzarme a
tus brazos…
-Te sigo queriendo –me
confiesas–.
Y ahí se vuelca todo. La mente
fría se mezcla con el corazón en estado de plasma y acabo llevando dentro un
batido de emociones. Quiero llorar, quiero sentir, quiero…quiero quererte
libre. Quiero en ese momento de todo. Quiero que te acerques y me beses, con la
excusa de tu secreto liberado. Quiero sentirte, quiero tenerte. Quiero abrazarte,
rozar tus labios…aún los recuerdo.
Pero no cuenta lo que yo quiera,
si no lo que tú murmuras: -Te sigo queriendo
Te respondo alguna tontería con
la esperanza de taponar todo lo demás que quisiera decirte. No sé, me pierdo,
me hundo. Me quedo en tus manos. Yo no actúo, sale a la luz mi yo inérzico. Mientras
hablo e intento seguir adelante (en todos los sentidos) yo me siento atrapada
dentro de un cuerpo en modo piloto-automático. No te haces a la idea del boom que has causado.
Pero quiero que te vayas sin
saber todas estas cosas. Quiero que te enfades conmigo por no contártelas. Quiero
que no sepas, que desconozcas el egoísmo del que haría gala si respondiera a tu
pregunta.
¿Que qué digo ante eso? Digo que
me callo, siento que me engaño, sientes que juego contigo y dices silencio.
-Te sigo queriendo.
Y esta vez no lo has dicho tú. Lo
he susurrado yo entre sollozos cuando me he dejado deslizar por la pared cuando
has doblado la esquina.
Deseando que volvieras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario