Burbujea en mí la aspirina de la vida. Poso la mano sobre el vaso y me llegan las chispitas delicadas como besos de mariposa. Pongo la cara y es una locura de mini borbotones electrizados, cargados de felicidad y alegría. Gorgotea en mí el alma del invierno, y en vez de pequeños soplos efervescentes que vuelan hacia mi dolor de cabeza, esto es más bien un aluvión de enormes gotas que se precipitan diluvianas hacia mis pies descalzos e indefensos. Comienza así la mañana llorosa, finaliza con ella la depresión inútil. Así, con la hierba húmeda, muy húmeda, encharcada y embarrada, espumajosa y revuelta. Con la lluvia resbalando redonda y pura sobre mi piel blanca, reafirmante, sobre mis labios entreabiertos y mis pestañas chorreantes, colándoseme en el escote, derramándose por mi pelo y se deslizándose cosquilleante e impudorosa por mis piernas.
No puedo por menos que extender
mis brazos a la inmensidad del agua, a la pulcritud del cielo y a su
desbordante energía. Dejo que me absorba, que me sumerja en su mar tempestuoso
y le miro desde abajo, desde muy abajo, en vertical, con el cuello casi
dislocado inhalando y abrazando cada gota que me llega, cada gota que me ahoga
en una sonrisa más profunda que el mismísimo océano donde éstas acaban. Se me
olvida que estoy girando, se me olvida que estoy desnuda y mareada en medio de
un campo pantanoso. Se me olvida que el mundo es una mierda y solo soy
consciente del momento en sí, que clama la totalidad de mi atención y mis
sentidos.
Bailo, sinuosa, bajo la atenta
mirada acuosa de cada relampagueo que produce el sol en los mil millones de
bombardeos de fantasía que me lanzan las nubes. Bailo, libre y abierta a un
mundo oscuro, pero espectacular y bullicioso, burbujeante ¡vivo! como la aspirina
que aún danza dentro de mí. A su compás danza mi cuerpo, extasiado y ensimismado
en la perfección de la lluvia, en la simplicidad y armonía del invierno. En el
frío, quizás gélido, quizás anestesiante quizás resucitante, que cala en mi
pedazo de paraíso y que me impulsa al movimiento. A que salga a la calle y
disfrute del vigoroso olor a humedad que inunda los paseos; a que me imprima en
la sensación de calidez interior, en medio de un mar de temperaturas a ras del
suelo.
Mientras anhelamos la nieve. La
nieve que nunca llega, la nieve que esperamos todos, pero que se sumerge
invisible en la playa que nos rodea. La nieve, la blancura más cegadora y
resplandeciente que mis ojos nunca ven, esa ansia interna de poder siquiera
abrazarla, hace que me conforme con poder desembarazarme y soltarme el pelo,
bajo un día tormentoso; hace que busque consuelo y desahogo en brazos de la más
intensa y vivaz sensación que mi cuerpo puede experimentar en este mundo
insulso y poco cotizado en emociones. Hace que quiera vivir, que quiera gritar
al cielo y agradecer a quien quiera que me esté observando morboso desde arriba,
el inmenso placer que produce en mí poder disfrutar de un caldero de agua fría
para mi febril estado anímico.
Chillando y retozando de
carnalidad, me entrego a la lluvia como ella se esmera en entregarse a mí y a cada
palmo de suelo que permanezca árido y seco inmune a su mágico influjo. Desdichados,
pues si yo fuera tierra querría vivir en los trópicos para poder pasarme los
días, los meses, los años ¡la eternidad! mojándome bajo su encantador roce y su
perturbador tacto.
Lluvia, invierno, inmensidad y
vida. Las estaciones se arrodillan ante ti, ¡oh! magistral diciembre. Tu sierva,
juglar y títere manipulado insomne por tu encanto, bailoteará hasta la muerte
si es necesario para poder tan solo mirarte a la cara como ahora lo hago. Bajo
tu ser, bajo tu esencia. Bajo las gotas que caen fugaces de tus ojos, a los
míos.
Te amo. Diciembre, nieve, lluvia,
invierno, humedad…
frío.

No hay comentarios:
Publicar un comentario