jueves, 6 de diciembre de 2012

Júpiter

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Lejana estrella que brilla en el firmamento de los taciturnos. Realidad inmensa de vacío y materia inerte. Cordura invertida, transformada en planeta.

Júpiter, donde viajan las almas románticas cada día. Dónde mueren fusilados de belleza los corazones rotos cada noche. Dónde yacen las cunas y donde resurgirán las tumbas de nuestras ideas.
El celuloide se muestra cerrado en torno a él. Los ángeles claman su plenitud. Sus lunas se pierden en cada guiño brillante de su plateado rostro.

Espacio. Muerte. Creación infinita.

La verdadera cara de la abstracción en sus cráteres habita. Sin más, desaparece la humanidad abducida por su inalcanzable lejanía. Sin más, volvemos todos las caras cuando él sisea nuestro nombre en la oscuridad de la tormenta, resplandeciendo tibia y fugazmente entre cada gota de lluvia. Sus reflejos son arrastrados por el viento, distorsionando la vana y burda copia de Júpiter en la que vivimos. Las nubes se llevan a tirones su fragancia a frescura. Quedamos invertidos e ingrávidos. Se rompen todas las leyes y la imposibilidad del fenómeno se torna infame y verídica.

El lazo lanzado a su cumbre de carbono se cierne solemne sobre su diáfano diámetro, sobre su casual behetría. Y relumbran las estrellas sobre sus mares de bruma y luna. Y respira sobre su nuca el Universo con sus pulmones de asteroides. Y riela el blanco infinito sobre las vías espaciales que colapsan con sus extremidades rebeldes. Su grandeza abstractísima retumba sísmicamente sobre las paredes finitas de la elipse que lo sujeta. Un terremoto arrasa el ingrávido en un simple pestañeo suyo. ¡Se desenreda la Vía Láctea para engendrar a su bastardo heredero!

¡¡¡Clamamos a Júpiter!!!

¡A la gran creación de este vasto infierno en torno al cual giran nuestras obtusas mentes!
¡Al cielo donde se arrastran inertes la neuronas de los pensadores! ¡A ese limbo donde se retuercen de espanto los ideales retrógrados! A la armonía despampanante y fisiócrata que nubla los sentidos de los soñadores… que cuando muda de piel, ésta viaja desmenuzada en polvo de estrellas.
¡Al esencial delirio que inhalamos y que nos rebosa de incoherente y útil fantasía dorada!

Al cielo al que aspira mi techo. ¡A la divinidad celeste por excelencia!

Sí, a ti, Júpiter. ¡Entre gritos escarchados de envidia te clamo admiración infinita!



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