Sobre la voz de la calle y su derecho a hablar
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Grupo corrupto, grupo idiota.
Grupo egoísta y ladrón. Grupo insensible, grupo cobarde. Grupo de bobos que se
creen dueños de cualquier y cualquiera. ¿En qué ley buscan amparo, si es que lo
buscan? ¿Qué derecho tienen? ¿¡Cuál!? A destrozar hogares, a matar personas. A
destruir avances, a derrocar mejoras. Usureros, carroñeros, ávidos. Salivando,
deseando romper nuestros huesos, quebrantar sus almas.
Qué derecho tienen a poseer
nuestras vidas y a arrebatarnos la felicidad. Si es por dinero habéis de saber
que con eso nada queda justificado.
Nos repudiáis, nos asqueáis. Y es
por eso que grita el pueblo, que grita la vida; que se desata con furia la voz
de la calle. Se abren los oídos, se encienden los micrófonos orgánicos que
componen nuestras gargantas. Se apaga el abuso que presionan, se deshace en
quejumbrosos lamentos de ira su mandato insolente.
Aquí, no mandan ellos. Aquí, y
ahora, mandamos nosotros.
Grita ¡grita! Aúlla ronca y
potente. Dolida y débil, más decidida y descocada. Se alza sobre nuestras
cabezas, sobre las suyas incluso. Lo oyen desde ahí arriba, desde sus tronos
altos, lujosos y herméticos; envasados al vacío para no enterarse del dolor
carnal de afuera.
Pero esto sí que lo oís, ¿verdad?
Esto sí que se escucha. A esto sí tendrán que enfrentarse.
¿Tenéis miedo, estúpidos
ladrones?
¿Teméis nuestra fuerza, incultos
imbéciles?
¿Os aterran las consecuencias de
vuestra fingida indolencia?
Bien, así tenéis que sentiros,
zalameros hipócritas. CONDENADOS.
La voz de la calle ha hablado, y
sus gritos prenden más fuego que las bancarrotas.
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