Siguen pintando con carboncillos
de luminosidad borrosa. Siguen apagando vivaces retratos en tintas opacas y
muertas. Siguen sacrificando gamas para conseguir una infame y típica uniformidad
de aquel que se limita a ver sin saber siquiera cómo abrir los ojos…
Siguen, aunque en realidad nadie
quiera que sigan; aunque quizás solo sea yo la que quiera que paren. La que
quiera vivir, inspirar, brillar.
La que quiera acabar con
el monocromo adiposo, para que así el mundo vea la vida con los tintes
eléctricos y galácticos que solo proyectan las sombras del delirio. Conseguir
que brillen extasiados los ojos, que tornen las retinas en espirales hipnóticas
de realismo idealizado. Que se alcen las sonrisas con cada brizna de naturaleza que prorrumpa en millares de tonos congénitos y hermosos –indetectables a ojos
francos o a oyentes cuerdos–. Sobrecargar de alegría la sencillez inapetente,
colorear el anverso de todas las monedas y todas las economías pringosas y
manoseadas, con una pulcritud artística fanáticamente anhelada.
¡Que estalle la revolución
polícroma! Que irisada se extienda cual niebla vaporosa por cada rincón de cada
calle y cada faceta social obsoleta. Que se esparza iluminando de frescura corazones
y ambiente. Que se imparta camuflada tras una educación jovial en ideales. ¡Que
se desparrame pigmentando el alma universal con indelebles notas de vistosa
urgencia!
Que pinte mármoles, megalitos,
ruinas; que colore banderas, pieles, charcos; que tiña recuerdos, firmezas,
lágrimas; que esmalte hazañas, vigores, motivos.
Unidos todos bajo un lema de neón
esculpido en el horizonte, realizándonos todos en la acción de remendar las
heridas mundiales con percepciones bañadas en concordia tonal.
Todos. Coloreados de una misma
raza de idéntica cuna.
Esparcidos en un bello crisol
ideológico, cultural y cromático. Mezclados en una armonía de burbujeantes y puros
colores.
Todos. Fusilados, eternamente,
del mismo arte:
De vida.
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