jueves, 3 de enero de 2013

Urbanita empedernida


Me resuelvo caminando sola bajo el calor eléctrico de las farolas. La energía estática fluye en mí y mi cuerpo camina firme y espasmódico destrozando adoquines a cada golpe de tacón. Ante mí se extiende Ciudad. Sin rostro, sin manos afables, sin sonrisa. Ciudad, que es pura y  rebosante, colmada de inspiraciones e ideas restringidas solo a mentes minimalistas y escépticas. Ciudad, que es grande, y tan inmensa que en sus venas se simbiotizan coches y paraguas de colores.

Ciudad con nombre pero sin identidad definida, como un Golum, con trastorno de personalidad múltiple. Se abre plana frente a mí, cual diamante en bruto: salpicada de rascacielos azabache y semáforos rubíes, de ambiente ámbar y cristalino. Me observa con sus mil ojos y me guiña un parpadeo con cada reflejo que atisba de su propia imagen en mis pupilas ardientes. Tan pronto me invita a su esencia, afable y alegremente bulliciosa, iluminada y empapada de vitalidad, de espejos, de lluvia… como me escupe charcos y sombras, humedades, burlándose de mi aparente insignificancia con soplidos de lujo y escaparates.

De repente se queda quieta. Parece que se ha dado cuenta por fin de mis intenciones.

La pisoteo enérgica, produciéndole un placer orgásmico que hace retumbar su interior cual metro newyorkino y la hace chillar pitadas de colapso renal. Estalla en mil luces y suspiros, en mil llantos y temblores. Sus fluidos cataklizan en ríos de asfalto y en gotas de chispas eléctricas. Se derrumba engañada y sucia, violada por un deseo impuro de desarme.

Camino con la mirada colapsada y extasiada, siento como Ciudad hipnótica y sumisa se rinde ante su propia y fácil complacencia. Camino tan decidida y pletórica que aunque la revolución dé comienzo y la acera explote tras de mí, aunque los escombros fracturen huesos, vigas y ventanas, aunque se enfurezcan tornados y barrizales por un vendaval recién levantado, aunque las fábricas retruenen vitales y latientes y bombeen hierro y fundición de vida, aunque el mundo desaparezca en el cielo y el humo oculte el azul y el blanco, y aunque sepa que mis pisadas desencadenan el caos más apoteósico, mi mirada sigue fijada y mis pasos encaminados desde la nada hacia la totalidad más absoluta. Mi maldad y mi pelo siguen meciéndose caóticos, mis tacones siguen resonando a pesar del estruendoso rastro que deja mi presencia y la cola de mi traje negro sigue ondulándose con el viento, o, mejor dicho, con el huracán polutivo. Yo, caminante con destino abstracto, cómplice del tsunami que se va colando entre los escombros; pionera de rutas y visiones obstruidas por la bella contaminación lumínica y las estrellas de butano. Yo, única superviviente del capitalismo empresarial, única Armagedón con vida del impacto mediático. Mis manos se alzan en cruz, pues no represento más que la crucifixión de la naturaleza. Con mi extravagancia consumista, mi exponente maquillaje, mi tapadera social y mi traje de antagonista. Yo, el vivo retrato de un ángel caído, vestido de ante, plumas y cuero negro, arrastrando destrucción de la misma forma que arrastro el bajo de mi macabro vestido.

Entidad que ya no camina, si no que corre mientras se burla se una muerte recién acaecida: mientras se postra Ciudad vencida por el embelesamiento que le produjo que yo, le devolviera la mirada.

Divinidad omnipotente, dictadora obtusa del estilo propio.

Cae Ciudad, sí… lapidada bajo un costumbrismo estático. Cesa la lluvia, se tornan las luces flashes… y el terremoto urbanita se convierte en un desfile de frivolidad-cadáver de Gucci, Armani, Channel y Prada…
…y se ve a Ciudad como un campo de batalla en el que yo, altivez social, gobierno ahora sin piedad alguna.


LA CAPITAL ES MÍA. Tu mentalidad, me pertenece. 

Así lo dicta el decreto de estupidez masiva. Adheridos ya todos, súbditos idiotas.


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