Se zafa mi mente de las mil
ataduras que agarraban sus muñecas. Huye, despavorida, libre, mas cojeando por días
de tortura. Esta débil, pero sigue en pie. Sálvese quien pueda de la inspiración
profana y realista que actúa de verdugo
en esta nuestra vida. Córranse las cortinas y no dejéis entrar los rayos de
hipocresía que se cuelan por las rendijas. Cúbranse los oídos para obviar las
mil y una necedades que pululan ingrávidas tomando la brisa como chófer,
acalorando en vez de refrescando con su roce. Quizás la milla verde no fuera
tan mala al fin y al cabo. Podría restar en paz en un maravilloso mundo loco
donde el dorado de las paredes sea realmente de oro, donde las palabras sean
dichas en su justo momento y donde los roces abunden. Quizás una muerte
cerebral la libraría de tanta incomprensión social, descansaría fantasiosa y relajada,
esnifando polvo de estrellas, colocada de inteligencia hasta la médula. Quizás.
Pero sería una muerte de todos modos. ¿Y quién desea estar muerta cuando puede
seguirse con vida para reírte de todas esas incoherencias con alguien a tu lado
que también las perciba? Solo se ha de buscar a la persona adecuada. Solo has
de saber ver lo que el mundo te oculta por miedo a enamoramientos fortuitos e
incómodos, por miedo a que quieras dormir abrazado a él cada noche, fundiéndote
con su compatible alma.
Mi mente ha seguido corriendo. Me
ha escuchado narrar las contradicciones de su huida. Puede que ahora no sepa a
donde dirigirse: si a la silla eléctrica de la inconsciencia o al abrazo del
infierno con posibilidad de visitas angelicales.
Por favor, sacadme de aquí.
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