sábado, 16 de febrero de 2013

Maryconsuelo

Un quejumbroso cuerpo se acerca, aunque puede que denominarlo cuerpo sea aventurarse demasiado, pues no es más que una masa incorpórea la que arrastra sus pies hacia allí. ¿Se le ve de frente o es quizás es su costado? Nadie lo sabe, pues solo se intuye su desdibujada silueta bajo una ropa blanquecina y suelta. Avanza, aunque inusualmente despacio, como si le costara un mundo dar siquiera un mísero paso, como si su lacio turbante de pelo le impidiera ver la muerte hacia la que se dirige.

Llega al borde del abismo y es entonces cuando espantan las uñas de sus pies a la espuma reticente, cuando se despoja de sus pecados y los deja hundiéndose en la orilla, en la arena mojada, clavándose en el seno de la playa y desliéndose del mapa de una vez y al fin. Viene dispuesto a darse un bautizo de salitre, a enclaustrar aquellas lágrimas que no tuvieron cabida en la celeste aurora de su ciudad ni en el crepuscular albor de su remota profundidad moral. Observa ahora el mar con sus ojos enjaulados en una prisión de zafiras rejas, asfixiado de farándulas, camuflado bajo su errante alma. Se yergue enteramente ausente frente a un alboroto de reclamantes destellos, conmocionado por la brisa y distraído por la vida, decepcionado por la soledad y anhelante de sentimiento.

Su pálida piel se clava en su esqueleto, amarrándose al sustento que ofrece su tuétano, desintegrando finos músculos de fibras muertas. De pie, (aún de milagro), proyectando un hilo de sombra sobre la arena virgen, mancillando con su putrefacción anímica cada grano de ella. Enturbiando el ambiente marino, sus bulliciosas olas y la fresca fragancia playera con solo ser testigo presencial de la escena. Contagiándole su aura exánime, su semblante impertérrito; expandiendo su ponzoñosa esencia.

Allí se planta, desafiante mas sin fuerzas de desafío, sin valentía, rencor u otro rasgo emocional aparente. Sencillamente quieto y solo. Sencillamente muerto quien sabe desde cuándo.

El cielo es más denso que su alma, el mar más opaco que su sangre, la arena tan informe como su existencia. Se hiela sin emoción alguna, sepultado ya bajo medio metro de arena mientras espera paciente a que el mar se lo trague y finalice la agonía que le supone respirar. Inmóvil, impasible, etéreo. Metamorfosea en tristeza, amargura y silencio. Se desintegra inapreciablemente y su cadáver pasa a sustituirle tras un último aliento de la más absoluta y despreciable nada.

Ahogado de vida putrefacta y arrodillado ante un mar, un mar llamado consuelo.


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