jueves, 14 de febrero de 2013

Luz de mediodía y eternidad.

Esa luz que resplandece cada día, la misma que me da en los ojos mientras vuelvo a casa y me hace sentir llena de energía, la que esclarece el cielo y lo hace vibrar en un aura tenue y pálida, es la misma que ahora nos baña. ¿Quién iba a decir que una misma luz podría tener un efecto tan distinto ahora?

Con la ventana a nuestros pies, revolotean las motas de roce y se clavan en cada rayo que nos llega, tapándonos, aislándonos del mundo exterior que elegimos obviar por unas horas, proyectando sombras microscópicas en nuestra piel desnuda. Estoy tan cerca de ti que casi puedo verlas, pero mis ojos andan demasiado distraídos observándote a ti en todo tu conjunto.

Eres bello, así tan sereno y remansado, en esa posición tan relajada. Te abrazo, me vuelvo hacia ti y en ti me pierdo, en ti desaparezco, allí mismo, fundiéndome en tu pecho. Te siento tan cerca que mis nervios disfrutan con cada terminación, sintiéndose acariciados por el contacto de un cuerpo complementario al que ellos visten.

Te caen lo rizos, te caen sobre mi tus brazos, y debe ser lo único que cae, porque a la altura de tu ombligo se proyecta una sombra inusualmente alargada. Al sur del hemisferio del razocinio, tus piernas me inducen a pasar las mías por encima, y, aún más lejos de nosotros, la manta que nos sujeta desemboca en un abismo que señala el fin de nuestro plano y finito universo.
Así, camuflados por la luz del mediodía y recluidos en metro y medio cuadrado de curvas de carne. Acariciando tu cuerpo y besando tu cuello, teniéndote dentro y jadeando hacia fuera. Pegándome al olor que desprende cada ápice de tu vida.



Así querría pasar los segundos que me quedan.



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