Con la ventana a nuestros pies, revolotean las motas de roce y se clavan en cada rayo que nos llega, tapándonos, aislándonos del mundo exterior que elegimos obviar por unas horas, proyectando sombras microscópicas en nuestra piel desnuda. Estoy tan cerca de ti que casi puedo verlas, pero mis ojos andan demasiado distraídos observándote a ti en todo tu conjunto.
Te caen lo rizos, te caen sobre
mi tus brazos, y debe ser lo único que cae, porque a la altura de tu ombligo se
proyecta una sombra inusualmente alargada. Al sur del hemisferio del razocinio,
tus piernas me inducen a pasar las mías por encima, y, aún más lejos de
nosotros, la manta que nos sujeta desemboca en un abismo que señala el fin de
nuestro plano y finito universo.
Así, camuflados por la luz del
mediodía y recluidos en metro y medio cuadrado de curvas de carne. Acariciando tu
cuerpo y besando tu cuello, teniéndote dentro y jadeando hacia fuera. Pegándome
al olor que desprende cada ápice de tu vida.
Así querría pasar los segundos que me quedan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario