Un quejumbroso cuerpo se acerca,
aunque puede que denominarlo cuerpo sea aventurarse demasiado, pues no es más que
una masa incorpórea la que arrastra sus pies hacia allí. ¿Se le ve de frente o
es quizás es su costado? Nadie lo sabe, pues solo se intuye su desdibujada silueta
bajo una ropa blanquecina y suelta. Avanza, aunque inusualmente despacio, como
si le costara un mundo dar siquiera un mísero paso, como si su lacio turbante de
pelo le impidiera ver la muerte hacia la que se dirige.

Llega al borde del abismo y es
entonces cuando espantan las uñas de sus pies a la espuma reticente, cuando se
despoja de sus pecados y los deja hundiéndose en la orilla, en la arena mojada,
clavándose en el seno de la playa y desliéndose del mapa de una vez y al fin.
Viene dispuesto a darse un bautizo de salitre, a enclaustrar aquellas lágrimas
que no tuvieron cabida en la celeste aurora de su ciudad ni en el crepuscular
albor de su remota profundidad moral. Observa ahora el mar con sus ojos
enjaulados en una prisión de zafiras rejas, asfixiado de farándulas, camuflado
bajo su errante alma. Se yergue enteramente ausente frente a un alboroto de
reclamantes destellos, conmocionado por la brisa y distraído por la vida,
decepcionado por la soledad y anhelante de sentimiento.
Su pálida piel se clava en su
esqueleto, amarrándose al sustento que ofrece su tuétano, desintegrando finos
músculos de fibras muertas. De pie, (aún de milagro), proyectando un hilo de
sombra sobre la arena virgen, mancillando con su putrefacción anímica cada
grano de ella. Enturbiando el ambiente marino, sus bulliciosas olas y la fresca
fragancia playera con solo ser testigo presencial de la escena. Contagiándole
su aura exánime, su semblante impertérrito; expandiendo su ponzoñosa esencia.
Allí se planta, desafiante mas
sin fuerzas de desafío, sin valentía, rencor u otro rasgo emocional aparente. Sencillamente
quieto y solo. Sencillamente muerto quien sabe desde cuándo.
El cielo es más denso que su
alma, el mar más opaco que su sangre, la arena tan informe como su existencia. Se
hiela sin emoción alguna, sepultado ya bajo medio metro de arena mientras espera
paciente a que el mar se lo trague y finalice la agonía que le supone respirar.
Inmóvil, impasible, etéreo. Metamorfosea en tristeza, amargura y silencio. Se desintegra
inapreciablemente y su cadáver pasa a sustituirle tras un último aliento de la
más absoluta y despreciable nada.
Ahogado de vida putrefacta y
arrodillado ante un mar, un mar llamado consuelo.