domingo, 2 de septiembre de 2012

Mademoiselle's bedroom

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Escaleras arriba está su alcoba.

Es una estancia que habla barroco. Todos y cada uno de sus dialectos, que conoce su literatura y ama su estilo. Es una estancia que respira channel número 5, que se maquilla ante un gigantesco tocador iluminado con bombillas redondeadas por la Monroe, que filtra solo luz rosácea salpicada de destellos, mira solo tras unas lentes maxisize de diseño y que besa con un pasional carmín rojo cada esquina de su espejo.

Su esencia viste de Armani y de Dolce, (especialmente de dolce vita). Se enfunda en trajes de falda y tacones sesenteros, en profundos chapeaus beiges, en rizos ondulados al agua, gabardinas enlazadas y mocasines de charol camel. Va del brazo de Gucci y Prada a dar sencillos paseos por parques teñidos de verde y saluda con estilo y elegancia tras un fino guante de ante blanco.

Créanme cuando les digo que es una habitación maravillosa. Teñida de crema y rosas pálidas, de camafeos ovalados y marcos dorados. De sueños grabados en el techo a rotulador grueso y diáfano, de libros amarillentos de tapas cultas, de muebles blanco roto y sillones majestuosos mullidos en ideas. De vestidores reales y cordones gruesos para las cortinas clásicas, de relucientes ojos brillantes, adornados por enredaderas de cristal pulido; de diamantes inocuos (los mismos con los que Hepburn desayunaba cada día)

En las esquinas del dormitorio hay columnas enrevesadas en su propio enrevesamiento, talladas por ángeles sixtinos y difuminadas con soplos de perfección radial. Su belleza es tal, que para apreciarla has de hacerte el interesante y fingir que la has pasado desapercibida… ¡imagínense! ¡Una belleza vanidosa pero pura! Además, es una estancia musicalmente armoniosa, que lleva enredado en sus dedos un majestuoso arpa y un frágil y vintage tocadiscos que se dedica simplemente a coplar y versar sinuosos poemas a las musas clásicas, tan pálidas, etéreas e inspiradoras que infunden un inquebrantable patrón hermoso a sus elegantemente oxidadas melodías.

El ritmo pausado y gelatinoso del tiempo en esta estancia yo apuesto a que se debe a su irrefutable majestuosidad. El propio tiempo no quiere segundearse tan rápidamente entre sus cuatro paredes, así que le otorga una divina y perpetua juventud a cada una de sus fibras.

Es tan fantástica esta alcoba que cada mueble con repisa enmarmolada, cada biombo de mimbre ceñido, cada delicado rizo de caoba en su suelo, cada birrete decorativo nacarado, cada suspiro dinástico de su estilo y cada quilate de elegancia impresa en su silueta, podría ser descrito y versado aparte.

Oh, pero fíense de mi burda palabra si les prometo que la definición paralela de la cama de esta estancia podría elevarse a longitudes newyorkinas. Es simplemente demasiado especial para este mundo (aunque no por supuesto para esta sala)

Se estructura en cuatro postes altos enrollados en oro y sol, que sujetan una bóveda celeste privada en la que las estrellas estallan en terciopelo burdeos y la luna desaparece desmayada ante la bella y pulcra imagen de quien duerme bajo ella. El lecho plumoso del colchón y los edredones en invierno es solo comparable a la algodonada nubosidad de los hilos de azúcar, mientras que los almohadones son retratos almidonados de cada uno de los perfiles de la princesa de este paraíso.

Podría intentar explicarles también la magia de sus sábanas, bañadas en seda y salpicadas de perladas florituras, que son capaces de capturar y grabar (cual disco de vinilo) las miradas afiladas en marfil de los amantes enloquecidos que sobre ellas reposaron. Permanecen ocultas y solapadas bajo cada una de las puntadas con las que fueron tejidas, como recuerdos pomposos acumulados en una gran base de archivos solo disponible para la alguna vez co-lechora de éstos.

Es tal el encandilamiento que produce esta habitación… una calidez que te llena las ideas, te saca al balcón al disfrutar de un metafóricamente enamorado París, hace que te pongas anillos plateados y pedregosos sobre guantes a los codos, que te impide salir de ella sin un moño voluminosos y elegantemente cincelado o un collar perlado...que te ofusca la rudeza y exprime tu cortesía.

Que te prohíbe escabullirte en la noche sin antes entonar un cántico de disculpa por mancillar sus pulcros suelos y que te empuja a amarla como yo amo a su dueña.

¿Se imaginan siquiera cuán maravillosa ha de ser ella?



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