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Escaleras arriba está su alcoba.
Es una estancia que habla
barroco. Todos y cada uno de sus dialectos, que conoce su literatura y ama su
estilo. Es una estancia que respira channel número 5, que se maquilla ante un
gigantesco tocador iluminado con bombillas redondeadas por la Monroe, que
filtra solo luz rosácea salpicada de destellos, mira solo tras unas lentes maxisize de diseño y que besa con un
pasional carmín rojo cada esquina de su espejo.
Su esencia viste de Armani y de
Dolce, (especialmente de dolce vita). Se enfunda en trajes de falda y tacones
sesenteros, en profundos chapeaus
beiges, en rizos ondulados al agua, gabardinas enlazadas y mocasines de charol camel.
Va del brazo de Gucci y Prada a dar sencillos paseos por parques teñidos de verde
y saluda con estilo y elegancia tras un fino guante de ante blanco.
Créanme cuando les digo que es
una habitación maravillosa. Teñida de crema y rosas pálidas, de camafeos
ovalados y marcos dorados. De sueños grabados en el techo a rotulador grueso y
diáfano, de libros amarillentos de tapas cultas, de muebles blanco roto y
sillones majestuosos mullidos en ideas. De vestidores reales y cordones gruesos
para las cortinas clásicas, de relucientes ojos brillantes, adornados por
enredaderas de cristal pulido; de diamantes inocuos (los mismos con los que
Hepburn desayunaba cada día)
En las esquinas del dormitorio
hay columnas enrevesadas en su propio enrevesamiento, talladas por ángeles
sixtinos y difuminadas con soplos de perfección radial. Su belleza es tal, que
para apreciarla has de hacerte el interesante y fingir que la has pasado desapercibida…
¡imagínense! ¡Una belleza vanidosa pero pura! Además, es una estancia musicalmente
armoniosa, que lleva enredado en sus dedos un majestuoso arpa y un frágil y vintage tocadiscos que se dedica simplemente
a coplar y versar sinuosos poemas a las musas clásicas, tan pálidas, etéreas e
inspiradoras que infunden un inquebrantable patrón hermoso a sus elegantemente
oxidadas melodías.
El ritmo pausado y gelatinoso del
tiempo en esta estancia yo apuesto a que se debe a su irrefutable majestuosidad.
El propio tiempo no quiere segundearse tan rápidamente entre sus cuatro
paredes, así que le otorga una divina y perpetua juventud a cada una de sus
fibras.
Es tan fantástica esta alcoba que
cada mueble con repisa enmarmolada, cada biombo de mimbre ceñido, cada delicado
rizo de caoba en su suelo, cada birrete decorativo nacarado, cada suspiro dinástico
de su estilo y cada quilate de elegancia impresa en su silueta, podría ser
descrito y versado aparte.

Oh, pero fíense de mi burda
palabra si les prometo que la definición paralela de la cama de esta estancia
podría elevarse a longitudes newyorkinas. Es simplemente demasiado especial
para este mundo (aunque no por supuesto para esta sala)
Se estructura en cuatro postes
altos enrollados en oro y sol, que sujetan una bóveda celeste privada en la que
las estrellas estallan en terciopelo burdeos y la luna desaparece desmayada
ante la bella y pulcra imagen de quien duerme bajo ella. El lecho plumoso del
colchón y los edredones en invierno es solo comparable a la algodonada nubosidad
de los hilos de azúcar, mientras que los almohadones son retratos almidonados
de cada uno de los perfiles de la princesa de este paraíso.
Podría intentar explicarles
también la magia de sus sábanas, bañadas en seda y salpicadas de perladas
florituras, que son capaces de capturar y grabar (cual disco de vinilo) las
miradas afiladas en marfil de los amantes enloquecidos que sobre ellas
reposaron. Permanecen ocultas y solapadas bajo cada una de las puntadas con las
que fueron tejidas, como recuerdos pomposos acumulados en una gran base de
archivos solo disponible para la alguna vez co-lechora de éstos.
Es tal el encandilamiento que produce
esta habitación… una calidez que te llena las ideas, te saca al balcón al disfrutar
de un metafóricamente enamorado París, hace que te pongas anillos plateados y
pedregosos sobre guantes a los codos, que te impide salir de ella sin un moño
voluminosos y elegantemente cincelado o un collar perlado...que te ofusca la rudeza
y exprime tu cortesía.
Que te prohíbe escabullirte en la
noche sin antes entonar un cántico de disculpa por mancillar sus pulcros suelos
y que te empuja a amarla como yo amo a su dueña.
¿Se imaginan siquiera cuán
maravillosa ha de ser ella?