Perdí el cielo después de tantas
vueltas sin sentido. No supe averiguar donde había de posar mis pies y donde habría
de mirar si quería ver el sol. Fue horrible estar tan desconcertada, tan
perdida y sin un exterior definido, mientras que en mi interior se libraba una
intensa batalla entre mis sentimientos, completos y rebosantes, que conseguían
escaparse de mi cabeza huyendo camuflados en mis lágrimas. Supongo que así es
la vida.
Unas veces se rueda
descontroladamente abismo abajo y otras uno se establece firme ante el
acantilado, y por mucho viento que haga, por muchos susurros sinuosos y
tentadores que se escuchen, permanece allí, quieto y decidido cuán témpano
helado.
Llegó el momento en el que no
supe establecer un arancel a mis emociones y les perdí la cuenta: no supe cuántas
entraban y cuantas salían. Y entonces, me volví loca. Se me fue arrebatado el
poco control que aún tenía sobre mi eje de giro y caí en la cuenta de que todo
había cambiado.
De que lo nuestro había cambiado.
De que yo había cambiado.
...Y de que todavía no me he atrevido a descubrir cómo.
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