El mar está extraño, ruge como
una bestia dormitante en las profundidades de la oscura playa. Grita, desperezándose,
reclamando la atención que solo le proporcionan los borrachos, seres inmunes al
gélido aliento que desprende a estas horas de la madrugada. Es raro mirarle y
no ver nada, solo percibir el vaivén de sus eternos valls con la luna.
La arena está fría. Se siente
ajena a la fiesta que se han montado los destellos en el paseo y al ardiente
baile de la mar con los astros. Está sola, sumida en la oscuridad mientras sus
granos se abrazan entre sí en silencio, esperando las miles de pisadas que los
aplastan reconfortantemente cada día.
La espuma se siente viva, burbujeante
entre la penumbra, disfrutando del movimiento que la mece con delicadeza. Se crea
en cada onda, es conducida a su fatal destino y desaparece, finalmente,
estampada contra la orilla húmeda, esa malvada superficie que explota sus
millones de pompas latientes haciéndolas desaparecer en la inmensidad de la
playa. Arañan sus límites, luchadoras: no quieren morir, pero sus esfuerzos solo
consiguen imprimir en la arena su marca personal, el círculo corrosivo que
indica su efímera existencia.
Las olas se sienten utilizadas por
la luna. Su influjo les produce una tirantez extrema, el desencadenante del
caos en sus partículas. No descansan, pues no cesan los esfuerzos de la
estrella por dejarlas dormir en paz. Están irritadas y agobiadas, y para colmo,
la sinuosidad de su braveza es ignorada cuando cae la noche. Obviadas y usadas,
desaparecen queriendo no volver a aparecer nunca.
Todos los presentes ignoran la gravedad de lo que
acaba de ocurrir, inmersos en sus proios y vanales problemas. No saben que su
naturaleza ha cambiado para siempre, que hay algo que ha modificado la ruta del
destino. Algo trágico:
-El sol ha muerto –sentenció la
aurora-.
Fallecieron sus ganas de brillar
y se dejó llevar por la estúpida gravedad que suele arrastrarlo cada día, pero esta vez para siempre. Dejó viuda
a la playa y huérfanos a los nocturnos. Dejó como una tonta a su amante, la
noche, que le esperó despierta en vano. Agotado, rodó por el abismo, llegando a
su tumba oriental, donde ahora sangra manchando de luz roja el continente
asiático. Quién sabe si un tempestuoso pacífico podrá resucitarlo acogiéndolo
entre sus aguas…
Y yo, estoy sola, llorando la
pérdida. Mi acompañante marchó a lejanas tierras del norte cuando se dio a
conocer la noticia. Sospecho que esa fue la causa de la muerte. Él salió de sus
dominios y el Sol encontró inútil brillar si no era para alumbrar sus bellos
ojos y su gracioso pelo. Se suicidó ensartándose en las altas montañas del
horizonte, antes de caer en el crepúsculo eterno. El mundo se quedó de luto con
su partida y el cielo se vistió de negra oscuridad, ajeno al hecho de que nunca
más podría arrancarse los lúgubres ropajes.
Me quedé en la playa, tumbada y
meditabunda, incapaz de creer que tanto mi amado como el Sol habían desparecido
de mi vida,
para siempre.
Descansa en paz.

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