domingo, 22 de julio de 2012

Defunción solar

El mar está extraño, ruge como una bestia dormitante en las profundidades de la oscura playa. Grita, desperezándose, reclamando la atención que solo le proporcionan los borrachos, seres inmunes al gélido aliento que desprende a estas horas de la madrugada. Es raro mirarle y no ver nada, solo percibir el vaivén de sus eternos valls con la luna.

La arena está fría. Se siente ajena a la fiesta que se han montado los destellos en el paseo y al ardiente baile de la mar con los astros. Está sola, sumida en la oscuridad mientras sus granos se abrazan entre sí en silencio, esperando las miles de pisadas que los aplastan reconfortantemente cada día.

La espuma se siente viva, burbujeante entre la penumbra, disfrutando del movimiento que la mece con delicadeza. Se crea en cada onda, es conducida a su fatal destino y desaparece, finalmente, estampada contra la orilla húmeda, esa malvada superficie que explota sus millones de pompas latientes haciéndolas desaparecer en la inmensidad de la playa. Arañan sus límites, luchadoras: no quieren morir, pero sus esfuerzos solo consiguen imprimir en la arena su marca personal, el círculo corrosivo que indica su efímera existencia.

Las olas se sienten utilizadas por la luna. Su influjo les produce una tirantez extrema, el desencadenante del caos en sus partículas. No descansan, pues no cesan los esfuerzos de la estrella por dejarlas dormir en paz. Están irritadas y agobiadas, y para colmo, la sinuosidad de su braveza es ignorada cuando cae la noche. Obviadas y usadas, desaparecen queriendo no volver a aparecer nunca.

Todos  los presentes ignoran la gravedad de lo que acaba de ocurrir, inmersos en sus proios y vanales problemas. No saben que su naturaleza ha cambiado para siempre, que hay algo que ha modificado la ruta del destino. Algo trágico:

-El sol ha muerto –sentenció la aurora-.


Fallecieron sus ganas de brillar y se dejó llevar por la estúpida gravedad que suele arrastrarlo  cada día, pero esta vez para siempre. Dejó viuda a la playa y huérfanos a los nocturnos. Dejó como una tonta a su amante, la noche, que le esperó despierta en vano. Agotado, rodó por el abismo, llegando a su tumba oriental, donde ahora sangra manchando de luz roja el continente asiático. Quién sabe si un tempestuoso pacífico podrá resucitarlo acogiéndolo entre sus aguas…

Y yo, estoy sola, llorando la pérdida. Mi acompañante marchó a lejanas tierras del norte cuando se dio a conocer la noticia. Sospecho que esa fue la causa de la muerte. Él salió de sus dominios y el Sol encontró inútil brillar si no era para alumbrar sus bellos ojos y su gracioso pelo. Se suicidó ensartándose en las altas montañas del horizonte, antes de caer en el crepúsculo eterno. El mundo se quedó de luto con su partida y el cielo se vistió de negra oscuridad, ajeno al hecho de que nunca más podría arrancarse los lúgubres ropajes.

Me quedé en la playa, tumbada y meditabunda, incapaz de creer que tanto mi amado como el Sol habían desparecido de mi vida, 
para siempre.

Descansa en paz.


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