Poseo mil setecientos millones
de nada, de vacío. Mil setecientos
millones de la más absoluta superficialidad. Me creo rico, pero no soy mucho
más que lo que poseo: no soy nada. Y estoy bien orgulloso, porque amo la nada,
una palabra tan vacía y a la vez tan llena de significado. Es demasiado
paradójico. Encierra en su existencia la exclusión del todo, con lo que ello
conlleva. Al pronunciar nada, dejas de pronunciar cada ínfima parte del
universo. Que caotismo. Que belleza. Que frustración, en cierto modo.
Por eso me creo dueño de la nada
y me proclamo por tanto señor de la paradoja y de la antítesis. Porque sí, la
nada se puede poseer. Yo la poseo por el simple hecho de que nadie antes que yo
soñó con poseerla.
La idea de cuidarla y mimarla en
su totalidad, de apreciarla y aprender a convivir con ella, acostumbrarme a su
ser, al eco que produce, de acostumbrarme a acostumbrarme a ella…La simple idea
de encerrarla en una caja y guardarla en mi habitación me resulta más atractiva
que la idea de tenerlo todo ¡cuantísima abundancia habría entonces! Tendría que
comprar mil setecientos millones de cajas que sustituyesen a mis mil
setecientos millones de nada. Y puesto que no puedo comprar cajas con mi
preciada nada, sería un desperdicio que no me saldría rentable. Además, no
podría guardar el todo y la inmensidad que conlleva dentro de mi habitación ¡y
quiero mis pertenencias ahí, conmigo! Habría de construir una habitación mil
setecientos millones de veces más grandes y tampoco sería rentable.
Prefiero
convivir en paz con la nada, con mi nada.
Una nada especial que encierra en su inmensidad la basicidad y la ambigüedad
del todo: la inexistencia.

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