Ver su cara, ver la tuya. La amargura,
el enfado. La debilidad, la fuerza. El destrozo, el desamparo. Sus palabras arañan
el aire, se sueltan entre jadeos. Sus ojos están perdidos y su sonrisa
desaparecida entre su decadencia, al igual que su alegría, al igual que sus
bromas. Tú estás perdida a secas. Te has marchado. Me has dejado colgada de un
árbol que se tambalea. Estoy viviendo sola con un cadáver que te anhela. Conmigo
misma y mis pesadillas hechas trizas, pulverizadas por la agónica realidad.
Me visitas y te miro. Pareces extrañamente
entera, enteramente fuerte. Él en cambio se derrumba por momentos. Puedo ver
como sus piezas van cayendo a un vacío del que temo que nunca serán rescatadas. Se esfuman 17 años de nuestra
vida en una nube de polvo y lágrimas: el polvo que quedó sin limpiar en
vuestras heridas y mis propias lágrimas ácidas y deprimentes.
Quiero lo mejor para vosotros,
pero no me hagáis sufrir a mí lo que en realidad deseáis para el contrario. Mejor
todavía, no os hagáis sufrir y acabad con esto.
Aún sigo aquí. Vuelve a casa, por
favor.

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