lunes, 11 de junio de 2012

Pedazos

Mi vida, la vuestra. Las tres rotas en cachos, ralladas, magulladas y desperdigadas por mi espíritu. Se me clavan en el alma. Me destrozan la esperanza. Sacadme la metralla del cuerpo y dejadme libre por favor. Prefiero huir antes que pasar por esto, otra vez.

Ver su cara, ver la tuya. La amargura, el enfado. La debilidad, la fuerza. El destrozo, el desamparo. Sus palabras arañan el aire, se sueltan entre jadeos. Sus ojos están perdidos y su sonrisa desaparecida entre su decadencia, al igual que su alegría, al igual que sus bromas. Tú estás perdida a secas. Te has marchado. Me has dejado colgada de un árbol que se tambalea. Estoy viviendo sola con un cadáver que te anhela. Conmigo misma y mis pesadillas hechas trizas, pulverizadas por la agónica realidad.


Me visitas y te miro. Pareces extrañamente entera, enteramente fuerte. Él en cambio se derrumba por momentos. Puedo ver como sus piezas van cayendo a un vacío del que temo que nunca serán rescatadas. Se esfuman 17 años de nuestra vida en una nube de polvo y lágrimas: el polvo que quedó sin limpiar en vuestras heridas y mis propias lágrimas ácidas y deprimentes.

Quiero lo mejor para vosotros, pero no me hagáis sufrir a mí lo que en realidad deseáis para el contrario. Mejor todavía, no os hagáis sufrir y acabad con esto.

Aún sigo aquí. Vuelve a casa, por favor.

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