sábado, 16 de junio de 2012

Chispea en la bahía


El sol se esconde en su grisácea morada mientras su luz se evapora entre las gotas de lluvia. El mar se traga cada una de ellas y las acoge con fiereza mientras que, de lejos, retumban los disparos. Se inyecta el aire comprimido de las escopetas y se escapa chispeante, llevándose consigo perdigones y recuerdos. A tiros, se despejan la mente los tiradores. A golpes la lluvia sigue cayendo, fina y elegante, como en un vals acompañado por la música del viento y los estallidos del plomo. Vuelan las hojas de los árboles, vuela mi cabeza, vuela la vida.

Los disparos no cesan y me distraen mientras dejo que las lágrimas de las nubes me empapen y calen en mi mente. Se respira el yodo del mar y la amargura otoñal del octubre anticipado, que se pasea descoordinado por la ciudad en el mes de junio.

Las olas suben y bajan, las barcas avanzan desoladas y las traineras se deslizan a trompicones por una plateada superficie quebradiza. La luz deslumbra con su blancura y su brillo, triste y cegadora, y mis ojos se entrecierran en su afán por vencer sus destellantes reflejos. Mi pelo empieza a chorrear, lacrimógeno y pesado, haciéndome recordar dónde estoy y cuán afortunada me siento. El viento me azota la cara una última vez antes de pasar a empujarme por la espalada, falsamente amistoso, ayudándome a comprender la gravedad del asunto. Pero es tarde ya para pensárselo, es tarde para intentar sacar el paragüas, es tarde para conseguir cambiar de idea.

Doy el paso mientras la capucha del chubasquero se me pega a los ojos, a la vez que un trueno resquebraja la plenitud amable de la cordillera. Me estallan los oídos en un cambio de onda plasmático. Sé que me espera el vacío en un inmenso abrazo infinito y dejo que me acoja en su seno mientras soy aplastada por el mar aplatijado. Me sumerjo en espesos pensamientos y la sal me ofusca la vista. Solo quedamos yo y la arena del fondo, yo y los cangrejos, yo y la densidad acuosa del medio. Solo quedamos yo y el mar, fundiéndonos en un gélido beso y haciendo las paces por tantos años de abandono. Se termina la soledad del corazón y comienza una nueva etapa. Mi vida cambia con el vaivén de cada ola y me dejo absorber por su esencia pura y refrescante.

Saco la cabeza y tomo aire, oteo el horizonte y me mareo, me pierdo en su belleza  y empequeñezco. Se termina con el salto el curso de las páginas leídas. Se termina con el salto la inestabilidad de los libros.

Se termina por fin el encarcelamiento.

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