El sol se esconde en su grisácea
morada mientras su luz se evapora entre las gotas de lluvia. El mar se traga
cada una de ellas y las acoge con fiereza mientras que, de lejos, retumban los
disparos. Se inyecta el aire comprimido de las escopetas y se escapa
chispeante, llevándose consigo perdigones y recuerdos. A tiros, se despejan la
mente los tiradores. A golpes la lluvia sigue cayendo, fina y elegante, como en
un vals acompañado por la música del viento y los estallidos del plomo. Vuelan
las hojas de los árboles, vuela mi cabeza, vuela la vida.
Los disparos no cesan y me distraen
mientras dejo que las lágrimas de las nubes me empapen y calen en mi mente. Se respira
el yodo del mar y la amargura otoñal del octubre anticipado, que se pasea descoordinado
por la ciudad en el mes de junio.
Las olas suben y bajan, las
barcas avanzan desoladas y las traineras se deslizan a trompicones por una
plateada superficie quebradiza. La luz deslumbra con su blancura y su brillo,
triste y cegadora, y mis ojos se entrecierran en su afán por vencer sus destellantes
reflejos. Mi pelo empieza a chorrear, lacrimógeno y pesado, haciéndome recordar
dónde estoy y cuán afortunada me siento. El viento me azota la cara una última
vez antes de pasar a empujarme por la espalada, falsamente amistoso, ayudándome
a comprender la gravedad del asunto. Pero es tarde ya para pensárselo, es tarde
para intentar sacar el paragüas, es tarde para conseguir cambiar de idea.
Doy el paso mientras la capucha
del chubasquero se me pega a los ojos, a la vez que un trueno resquebraja la
plenitud amable de la cordillera. Me estallan los oídos en un cambio de onda
plasmático. Sé que me espera el vacío en un inmenso abrazo infinito y dejo que
me acoja en su seno mientras soy aplastada por el mar aplatijado. Me sumerjo en
espesos pensamientos y la sal me ofusca la vista. Solo quedamos yo y la arena
del fondo, yo y los cangrejos, yo y la densidad acuosa del medio. Solo quedamos
yo y el mar, fundiéndonos en un gélido beso y haciendo las paces por tantos
años de abandono. Se termina la soledad del corazón y comienza una nueva etapa.
Mi vida cambia con el vaivén de cada ola y me dejo absorber por su esencia pura
y refrescante.
Saco la cabeza y tomo aire, oteo
el horizonte y me mareo, me pierdo en su belleza y empequeñezco. Se termina con el salto el
curso de las páginas leídas. Se termina con el salto la inestabilidad de los
libros.
Se termina por fin el
encarcelamiento.
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