miércoles, 13 de julio de 2011

Relato de Terror: Poco a poco


Cada vez me costaba más concentrarme en aparentar normalidad y seguir caminando con ese sonido jadeante a mi espalda. Sabía que tenía alguien detrás de mí, pero no me atrevía a girarme para descubrir quién era. Se me ocurrió salir corriendo a la menor oportunidad, pero los tacones me lo impedían y me molestaban; y mucho. ¿Darle esquinazo? Era una posibilidad. Además, la oscura y cerrada noche que se cernía sobre nosotros podría ayudarme a refugiarme de aquel desconocido que llevaba ya un buen rato siguiéndome. Quizás simplemente seguía el mismo camino que yo, pero según donde me encontraba, me resultaba improbable, por no decir imposible esa posibilidad. Cada vez me estaba poniendo más nerviosa y estaba más intranquila. Esta situación me superaba. Lo he visto en muchas películas, pero vivirlo es aterrador. Chica sola en una noche oscura y con tacones, nadie alrededor: presa fácil. Aunque sé defenderme perfectamente… me dio miedo no ser capaz de hacerlo. Me temblaban las piernas y el sudor frío empezó a recorrerme la frente. Aquello me daba escalofríos.

De repente, vi mi salvación en un antro mugroso de la calle de al lado. Por lo menos, era mejor que seguir caminando sin rumbo alguno en aquel horrible lugar desconocido. Me apresuré a agarrar el manillar y al entrar me di cuenta de que había sido peor el remedio que la enfermedad. Aquello era una concentración de perros babosos en su hábitat natural: rodeados de bebida. Marcas, señas, miradas, desorbitados ojos… Me sentí fuera de lugar y en peligro. Fui a darme la vuelta para salir por donde había venido y me encontré a mi perseguidor de frente. Tenía una de esas repugnantes cicatrices que ocupan toda la cara. Fue lo único en lo que pude fijarme.

Tiré los tacones, le di un puñetazo y eché a correr. Mi fuerza no era sobrenatural, así que no tumbé a mi contrincante, como me hubiese gustado. Mientras corría, al instante noté que aún me seguía, pero él solo caminaba despreocupadamente. Parecía totalmente seguro de que me acabaría cayendo o agotando y que entonces solo tendría que acercarse lentamente hasta mi. Me desgarró el pánico cuando vi lo que sacaba de su chaqueta: era algo brillante, con un filo y entonces supe que era un cuchillo. Me imaginé lo que me haría si me cogía, así que corrí más y más rápido, jadeando del esfuerzo y con los pies ensangrentados de caminar sobre lo que para mí eran afilados cristales.

Doblé una esquina convencida de habérmelo quitado de encima, pero de entre las sombras surgió su brazo, que se me paso por delante del pecho y me acercó su amenazante cuchillo a mi delicada garganta. Sin ni siquiera darme cuenta me clavó una jeringuilla en el brazo. Aunque intenté zafarme de ella en un auto-reflejo, solo conseguí levantarla de mi piel unos instantes, pero no fue suficiente. Y entonces, todo empezó a nublarse hasta que solo vi sus zapatos a la altura de mi cara; me había caído al suelo. Estaba consciente pero no era ya dueña de mi cuerpo, no podía moverme. Aquello que me hubiese inyectado me había dejado en un estado parecido al coma, pero, para mi desgracia, yo sentía y veía todo lo que estaba sucediendo. Me llevó a una jaula de cemento, o a lo que otros llaman casa, y me tumbó y agarró con cinchas de cuero a un horrible objeto que no supe distinguir lo que era. Algo parecido a una cama, supongo. Y entonces recé por no sentir nada de lo que empezó a hacerme. Con la punta del cuchillo realizó incisiones pequeñas, poco profundas, pero lo suficientemente dolorosas para haberme hecho gritar y llorar de dolor, si hubiese podido. Aquello era lo peor: tenía impuesto el contener mi sufrimiento, a sentirlo por dentro como algo que me va devorando poco a poco. Aquellas incisiones eran como mordiscos brutales a mi alma. Me hubiese gustado desmayarme pero ni siquiera tenía el lujo de no sufrir mi muerte, porque estaba segura de que aquello sería mi fin.

Como en buen drama mi vida pasó ante mí: mi familia en la pasada cena de Navidad, mis amigos celebrando mi cumpleaños hace ya bastante tiempo…

Era horrible, ¡horrible! Aquellas punzadas me hacían sangrar y había ya tantas que todo mi cuerpo estaba ensangrentado. Estuvo así casi una hora entera. Aquel ser disfrutaba con mi sufrimiento, se reía cuando mis pupilas se movían desesperadamente y se nublaban intentando producir inconscientemente lágrimas. Era insufrible, aunque mi semblante serio no reproducía el sentimiento que me inundaba por dentro y que hacía latir mi corazón a cien por hora: el dolor. Solo quería ver a ese individuo muerto y enterrado. No merecía ningún tipo de aprecio ni por mi parte ni por la de ningún ser en la faz de la tierra. Me daba asco.

La ira, el odio, el dolor… Todo se agolpaba en mi mente. Le hubiese matado con mis propias manos si hubiese podido ¡pero no podía! Solo mis ojos tenían el lujo de poseer movimiento. Resignación y aguante. Cuando se aburrió de los pequeños cortes, clavó el cuchillo en mi muslo y lo deslizó sin levantarlo hasta mi tobillo, sin profundizar demasiado. ¡Hubiera querido morir de dolor en ese mismo instante! Me estaba desgarrando ya no solo el cuerpo si no también mi propia vida. De pronto, sentí un ápice de movimiento en mi pie, ese movimiento se fue trasladando por todo mi cuerpo: volvía a ser capaz de moverme. No sé porque, supongo que fue esa interceptación de la aguja mientras él me “dormía”. En cuanto vi que se giraba, supuse que a por otro utensilio para dejarme K.O. poco a poco, le di una patada con las pocas fuerzas que tenía y todo el cuerpo inmensamente dolorido. Ni siquiera sé cómo pude ser capaz de hacer lo que hice. Me levanté a durísimas penas y corrí, o más bien me arrastré, hasta la puerta. La abrí. Si, estaba abierta. Supongo que él no contaba con que quisiese escapar, o más bien con que pudiese hacerlo. Y ante mí se destapó el infierno: un largo tramo de escaleras. No iba a ser capaz de bajarlas de pie sin caerme de bruces. Además, mi agresor se había percatado de la situación y se acercaba hacia mí, de nuevo andando tranquilamente. Aquella pasividad y tranquilidad me ponía enferma. ¿Cómo podía alguien estar matando de dolor a un ser humano y poder caminar normalmente y con esa sonrisa irónica puesta en la cara? Parecía que me estuviese diciendo: “da igual lo que hagas, vas a morir” y eso hubiese deseado, morir de una santa vez para poder descansar tranquila de este horrible ser humano, aún rindiéndome y dejando escapar mi vida, todo con tal de no seguir sufriendo.

Así que me abalancé sobre las escaleras.

Solo recuerdo el final de aquel endemoniado tramo. Solo recuerdo como ni me acerqué a bajar andando, simplemente rodé. Solo recuerdo como una jeringuilla se clavaba esta vez del todo sobre mi pálida y recorrida por ríos de sangre piel. Solo recuerdo como unas frías y ensangrentadas manos recogían mi de nuevo inmóvil cuerpo. Solo recuerdo como de nuevo unas cinchas se aferraban a mis muñecas y tobillos. Y solo recuerdo como aquel sufrimiento volvía a empezar, ni siquiera permitiéndome llorar, pero guardándose de que sintiera el ferviente dolor que me sumía en el pánico e iba desgarrando mi alma, poco a poco.

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