Me miró. Le miré. Nos miramos y nos sonreímos. Fue un momento muy especial. Muy corto, pero especial. Deducí que esa fugaz mirada expresaba mucho más de lo que aparentaba, más que una simple despedida entre compañeros. Pareció que en ese mismo instante surgieran de nuestro interior nuevos sentimientos que aún no habíamos asimilado. Fue un “hora me voy, pero no te creas que esto acabará aquí. Quiero más de ti”
Me inundó esa sensación de tener mariposas en el estómago que tanto mencionan en las películas; ¡Existe de verdad! Me sentí guapa por unos instantes y fue como si pudiera comerme el mundo estando junto a él. ¡Y no lo conocía casi de nada! Eso era lo peor. Sabía de sus hazañas y de su buena fama. Le había visto reírse y ser bueno en clase durante mucho tiempo, casi dos años. Había visto también como sus notas iban mejorando y como su pelo se enredaba en sus bolígrafos, de forma rebelde, cada vez que estaba preocupado por algo. Estuve observando como nunca se pasaba de la raya y ponía siempre esa cara de bueno delante del tutor.
Le miro de reojo una vez más, (como llevo haciendo todo el día) antes de perderle de vista hasta el curso que viene, en el que espero que me toque en clase con él. Aunque nuestra relación solo sea cordial y amigable y no seamos íntimos ni tampoco hablemos demasiado. Aunque no implique nada que se salga del ámbito escolar y alguna bromilla suelta, nada demasiado relevante, quiero compartir otro año más estando seis horas al día bajo el mismo techo. ¡Él es muy simpático!
Ahora, se aleja ajeno a mis pensamientos y a mis deseos de intimar; después de ese dúo de miradas. Camina despacio por el paseo de las baldosas rojas, el que da a la puerta de salida, como intentando estirar el momento, o disfrutarlo. Nunca me había fijado en como camina… y la verdad es que me gusta, porque lo hace con personalidad, levantando a veces demasiado el pie derecho. Es extraño, pero aún así, me gusta.
Mientras que yo le sigo con la mirada reflexionando sobre su forma de caminar, de repente se gira con una bonita sonrisa dibujada en su cara, como si supiera que le estaba mirando. En ese momento, me doy cuenta de que, al igual que yo, en el trayecto que llevaba recorrido no había parado de pensar en mí. Ahora sé que quiero más de él. Quiero conocerle y quiero enamorarme. Le quiero.
De momento, tengo un verano entero para pensar en mi siguiente paso.
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