Y hay que ver como fluye el tiempo. Y nos traspasa y nos bombardea. Se cuela
en nuestras almas como pequeñas balas de maldad, de esas que explosionan,
abriendo grietas, rompiendo los muros de la memoria. Y hay que ver como mueren los días y como se pudren
las bellezas y como se estropean los lirios y como se desperdician los deseos. Mundanalidad,
despotismo y tristeza hacia una vida inapreciada, despreciada, malgastada y
herida. Qué tan fácil es aniquilarse a uno mismo y sus aspiraciones a ser vivo.
Qué tan difícil es encontrar un fruto a cuales raízes aferrarse y crecer, crecer
robusto cual cedro, crecer delicado cual alegría. Crecer. No morir. Crecer.
Y después el crecer queda en hastío. En murmullos en vez de voces alzadas. En
resoplos en lugar de estruendos, de relámpagos de acción y luz. De lágrimas en
lugar de suspiros.
Los suspiros son caricias a las manillas del tiempo. Son espasmos,
cortocircuitos de calma que calambrean las redes del espacio y la percepción
pesimista. Las lágrimas, sin embargo, solo circundan las telarañas del olvido,
sin ni siquiera vencerlas bajo su peso, simplemente se evaporan al brillar las
madrugadas de la eternidad y la esperanza.
“De qué sirve pues llorar”, alguien escribe. “Para centellear”, yo
contesto. Para que el brillo de la lucidez amarga se cuele en las membranas
férreas, para que la testarudez corra el rímel y la felicidad encuentre su paso
a través de unos párpados de depresión cautiva. “Es un arma, un arma!”, grito. Un
arma contra la vulgaridad opresora del París de la reforma. Un arma ahogada,
pero un arma a pesar de todo. Un arma de amor al desconsuelo.
Un llanto puede destruir un alma y un alma puede gotear en un llanto.
¿Y qué sobre su brevedad, volviendo al tiempo? ¿Y qué de la vanidad de las
miradas hacia los charcos cristalizados? En diamantes de verdad verdadera y
verdad condensada en tristeza. Y en amargura. De la efeméride y la pequeñez del
frágil descosido en el entramado de esa gran obra a la que llaman vida. Que se
despelucha, que se deshace, que se olvida. Que muere, que implosiona…cerrando
grietas; tapiando los muros de las memorias. Esta vez ajenas.
Esta vez, podridas.
Soy un desierto que monologa.
Mi llanto, es arena.

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