Ya perdí la cuenta de las horas que pasé fuera de su arropo. De las horas
que dormí en un sitio que no eran sus cálidas manos. De las horas que viví con
él siendo un recuerdo en vez de una realidad. En vez de mi realidad.
Ahora, se me aparece como un gran monstruo afable, una tibia tiniebla que
asoma entre las montañas. Ahora, y digo ahora a pesar de que sea un periodo de
tiempo extraño y nubloso –sin fin aparente ni principio conocido–, ahora y solo
ahora en pleno fulgor, su luz me llega. Su luz, cual astro rey, tenue y
estática, permanente, rodando en mi cabeza y en mi entereza, enredándome las
aspiraciones y las ansias. Atraviesa la curvatura del espacio-sentimiento para
clavarse en mis retinas como una flecha fulgurante. Es como cuando se mira al
sol y su sombra clara permanece bosquejando todo aquello que se ve,
emborronándolo todo de destellos y verdades, de revelaciones y agridulzura.
Después de dos años observándolo vorazmente, admirándolo con brusquedad y
con descaro, deshilachando, arrancando y descodificando cada una de sus células
hasta casi secuenciar su luminiscente esencia, imagino que tal sombra me
acompañará por largo rato. Quién sabe si toda la vida.
En realidad, creo que se ha hecho crónica. Que su presencia ha ido poco a
poco alargando mis venas y mis
ambiciones, ensanchando mi tráquea y mi entendimiento, estirando mi piel y mis
horizontes para así poder bombear, respirar y absorber más vida, más vida, más
vida… hasta que ya no ha habido vuelta atrás. Hasta un punto en que sus
estragos en mi han sobrepasado los límites de mi propia consciencia y de mi
propio amor, anudando con más certeza y fuerza si cabe los lazos de mi
felicidad y mi memoria.
Esa sombra proyectada en todo lo que veo se traduce como un halo sobre todo
lo que vivo. Un burbujeante y chisposo manto de suavidad eléctrica, una copiosa
envoltura de brillantez efervescente, una leve brisa de testarudez perpetua. Que
todo lo envuelve, que todo lo mima que todo lo besa y lo mece antes de
procesarlo en mi raciocinio. Que todo lo pausa, que todo frena, que todo lo
inmoviliza antes de revolcarlo en el revoltijo de mi desorden.
Que todo lo protege de ese “afuera” que me rodea. Manteniendo el latido y
la energía de aquello que ahora, de una vez y por fin, está dentro. Bien, bien
adentro.
Sí, ya perdí la cuenta de los instantes que llevo sin caminar sobre su faz,
sin deslumbrarme por sus rostros y sin recorrer sus sendas de caudalosa
intensidad. Ya perdí la cuenta de los instantes pasados desde que respiré por última
vez su desfibrilante aroma o desde que abracé sus lágrimas de alegría. Puede
que hasta haya olvidado cuando fue la última vez que le miré el alma y apretujé
su sabia melodía.
Ahora.
Al comienzo de una travesía recién avistada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario