domingo, 21 de diciembre de 2014

Violette Leduc

Y hay que ver como fluye el tiempo. Y nos traspasa y nos bombardea. Se cuela en nuestras almas como pequeñas balas de maldad, de esas que explosionan, abriendo grietas, rompiendo los muros de la memoria.  Y hay que ver como mueren los días y como se pudren las bellezas y como se estropean los lirios y como se desperdician los deseos. Mundanalidad, despotismo y tristeza hacia una vida inapreciada, despreciada, malgastada y herida. Qué tan fácil es aniquilarse a uno mismo y sus aspiraciones a ser vivo. Qué tan difícil es encontrar un fruto a cuales raízes aferrarse y crecer, crecer robusto cual cedro, crecer delicado cual alegría. Crecer. No morir. Crecer.

Y después el crecer queda en hastío. En murmullos en vez de voces alzadas. En resoplos en lugar de estruendos, de relámpagos de acción y luz. De lágrimas en lugar de suspiros.


Los suspiros son caricias a las manillas del tiempo. Son espasmos, cortocircuitos de calma que calambrean las redes del espacio y la percepción pesimista. Las lágrimas, sin embargo, solo circundan las telarañas del olvido, sin ni siquiera vencerlas bajo su peso, simplemente se evaporan al brillar las madrugadas de la eternidad y la esperanza.

“De qué sirve pues llorar”, alguien escribe. “Para centellear”, yo contesto. Para que el brillo de la lucidez amarga se cuele en las membranas férreas, para que la testarudez corra el rímel y la felicidad encuentre su paso a través de unos párpados de depresión cautiva. “Es un arma, un arma!”, grito. Un arma contra la vulgaridad opresora del París de la reforma. Un arma ahogada, pero un arma a pesar de todo. Un arma de amor al desconsuelo.

Un llanto puede destruir un alma y un alma puede gotear en un llanto.

¿Y qué sobre su brevedad, volviendo al tiempo? ¿Y qué de la vanidad de las miradas hacia los charcos cristalizados? En diamantes de verdad verdadera y verdad condensada en tristeza. Y en amargura. De la efeméride y la pequeñez del frágil descosido en el entramado de esa gran obra a la que llaman vida. Que se despelucha, que se deshace, que se olvida. Que muere, que implosiona…cerrando grietas; tapiando los muros de las memorias. Esta vez ajenas.
Esta vez, podridas.


Soy un desierto que monologa. 
Mi llanto, es arena.


lunes, 9 de junio de 2014

Arquetipo de paraíso

Soy yo a solas con Fiordo. Contra mi esencia las rocas, ásperas, musgosas, acariciables. Pidiéndome a gritos que me aferre a ellas, que me aferre a mi ser más sincero. Es Fiordo a solas conmigo, de testigo solo está la lluvia, dándonos besitos, uniéndonos bajo un mismo estado anímico.
Somos dos, gigantes rocosos enfrentados, mirándonos cara a cara dulcemente, contagiándonos la alegría, la fuerza, el amor. Somos dos, figuras silenciosas que se funden en un abrazo de agua. Yo le miro y sé que él me está devolviendo la mirada. Yo le lloro y sé que él me tiembla y sé que él me cobija.
Y sé que él me ofrece sus rocas para sentarme.

Contra mis zapatillas las rocas sin duda, ofreciendo un soporte esencial a un ser extasiado. No soy más que un globo con forma de humana que se empeña en sentir alto como las nubes pero al que un cuerpo le mantiene atado a la inexistente fisicalidad del mismísimo paraíso. No soy más que un envoltorio vacío contra aquellas/sus piedras de dureza melosa, pues todo mi interior vuela y nada en la esencia del tiempo. Fiordo absorbiendo la primera parte de mis sentidos.

Es el ahora que cae y  se aplasta contra mis manos y mi gravedad y nos deja a ambas desechas, y nos funde y nos clava allí, balanceadas heroicamente en la armonía de la escena, quien sabe cómo.

Sosteniéndome están Sol y Nubes, arropándome y despejándome los ojos de bruma. Abriéndome la calma en canal y templando los sentimientos, que ya salen a borbotones. Es su rubor apareciendo en su tez blanquecina el que me hace amar y sentirme amada por una naturaleza que cobró vida hace ya mucho. Por una naturaleza latiente. Que respira. Que besa. Que llora. Que siente.

Sentimos. Yo y fiordo. ¡Vibramos!

Son mis rodillas temblequeando y son sus aguas estallando en pequeñas gotitas de belleza. Calmadas, regocijantes y alegres. Conformando un reflejo de la esencia chisporroteante y lluviosa de este mi amigo de doble cara, de doble filo, de doble grandeza.

Es mi mirada quedando absorta. No hay manera de amarrarla a mis retinas, pues se fundió con Fiordo el mismo día que le conocimos. Creo que mi corazón siguió el mismo rumbo, que quedó plasmado en la escena. Que mi sangre y la de Fiordo son un mismo torrente de fuerza. Ahora y solo ahora nos damos cuenta de esta unión que nos reduce. De esta unión que acaba de hacerse esencia sobre mis hombros y sobre mi ser. Es Fiordo quedándose con un mordisquito de mi entereza.

Estoy llorando. Clamando al cielo benevolencia frente a todo este enigma. Rogando un consuelo a toda esta inconsciente huída de mi destino. De poco sirve resistirse ya, cuando descubro que nunca he querido.  Me entrego, me atrapa. Soy yo acabando por implorar más espacio en mis entrañas para que Fiordo entre dentro de mi. Para que no sea él quien me lleve sino yo quien le clame. Quiero bebérmelo, respirármelo y plasmármelo en la piel a golpes, a caricias, a súplicas. Que mi corazón alcance a sobrevivir con esta realidad de hermosura eterna. Con esta placidez de belleza infinita. Con esta perfección que ante mi insignificante humanidad se muestra. ¿Cómo es posible que de mis entrañas salga frustración por no poder copar con tantísima inmensa magnificencia?

La realidad supera a la imaginación. No este instante, (pues es aquí solo donde culmina). En esta mi vida de polvo de sueños. Mi corazón se ha visto desbordado por vez primera y sus límites han sido humildemente recordados. Por fin encaró a un rival mereciente de todas sus bocanadas de grandeza mi fiel amigo.
Son mis llantos de despedida lanzados al universo.

Resuenan, tapizados por una música de piano que llega de algún terrenal universo a mis espaldas. Gangoseando mi contorno y haciéndolo desaparecer a pequeños soplos de brisa etérea. Es mi peso, cayendo gota a gota sobre la roca, evaporándose antes si quiera de rozarla. Es Fiordo tomando una bocanada entera de mí.

Soy yo abrazando mi naturaleza ínfima, aceptando mi pequeñez absurda. Soy yo metamorfoseando, dejando este mundo, alzando el vuelo, desbordando mi propia infinidad de emociones. 
Es mi esencia siendo lanzada al fiordo…



*es un breve síndrome, un breve instante de desaparición y efeméride*



… es mi esencia siendo lentamente por él recogida.
A pesar de que un tercio de mí ya ha pasado a ser roca.

Cuando al borde del desmallo, de la iluminación, de la inundación, del todo, de la nada. Cuando al borde de atreverme a parpadear, cuando casi me atreví a despegarme de la realidad delirante, cuando creí humanamente que con decir adiós bastaría, cuando confié en que nunca volvería a ser corpórea tras entregarme a Fiordo, cuando estuve a punto de caer en mi propia odisea… cuando el último llanto lapidó a todos los consiguientes y las entrañas fueron evaporadas todas… él recogió la afluencia de mis retales de persona y la abrazó, recomponiéndola. Recomponiéndome. Recordándome que le echaría demasiado de menos. Que no bastaría con observarle desde el otro lado, desde el regazo de Fiordo.

Creándonos.
Recordándome que Fiordo quizá posea mi alma, 
pero también la suya.
Soy yo y Fiordo y él a solas.
Nosotros.
Cielo.
(C)alma.



Cuando pasan los días

Y la vida se nos vuelve loca, y la vida se nos desordena, sin querer, sin augurio y sin premisas. Simplemente ocurre.

Ocurre que el mundo es redondo y gira, que persigue sus sueños de constelaciones pedregosas, ocurre que nunca llega a morderse la estela de su grandeza.
Ocurre que los aviones vuelan y se saltan el sentido de giro y despegan y ya no son parte del mundo, sino mini universos congelados donde los sueños son espuma y los destinos son corazones.
Ocurre que las personas dejan de ser personas y de repente son pedacitos de carne, de mi carne, de mi esencia, de mi cuerpo, de mi alma, de mí. De mí misma, con todo lo que eso acarrea.
Ocurre que yo sigo siendo yo pero con nuevos horizontes de alas fugitivas, que se alejan, que se escapan y desaparecen en la penumbra de lo más absurdamente realizable.
Ocurre que el futuro deja de ser un pensamiento; metamorfosea en folio, tinta, teclas y lágrimas. En sangre pasión y desconcertante certeza.
Ocurre…ocurre que no hay palabras, que no hay dicción ni claridad, que mis sentimientos más que ser nombrados prefieren ser vividos, prefieren salir por mis poros antes que por mis dedos prefieren correr solos, atraídos por el calor de la emoción, soltándose el pelo, dándole otro matiz de alboroto a esta vida que ya ni a orden ni a concierto atiende.

Ocurre. Yo ocurro, ellos me ocurren, él me ocurre y todos ocurrimos rápida y efímeramente. Y ocurre que lo que ocurre ya fue algo que ocurrió y que el pasado ya mencionado parece dejar de ocurrir en nuestras mentes pero parece perdurar ardiente y dolientemente y esperanzadoramente en nuestras líneas de vida. En nuestra historia, que resulta ser algo ocurrentemente importante.
Que resulta ser algo que merece la pena contar y ocurre que es estúpido obviar.

Que vivir el presente es belleza hecha realidad pero que a veces también es bello volver sobre los pasos ya caminados y sonreír sonrisas de segunda mano. Las suyas siguen sabiendo deliciosas y tiernas.

Ocurre, sucede, quien sabe cómo.

Que mi corazón quiere contar historias. Y que yo de veras quiero escucharlas.