viernes, 16 de agosto de 2013

Del rezumar de los relojes...

...y de las vidas.

Había dejado que el tiempo se deslizara acuoso entre mis dedos, jugueteando con él, perezosamente, ignorando la urgencia con la que caía vertiginosamente al suelo. Bromeé con él y su rápido vertido, riéndome cada vez que sus gotas me salpicaban.

Menuda tontería, pensaba. Aún estamos en mayo. ¡Deja de correr tanto, que no hay prisa! Mascullaba siempre sonriendo.
Pero el tiempo no me hizo caso y siguió chafándose rítmicamente día tras día, empapando con cada hora un porquito de MI tierra, de MI suelo, de ¿MI? mundo. Creando charquitos allá por donde mi cabeza avanzaba. Se entrometía, me mojaba los pies y también la cordura. Me hizo delirar tiernamente, con el sigilo de un fino hilillo de agua sobre los codos, colándoseme en el escote, los oídos, el corazón.

Ingeniosamente me bebí su esencia, para no tener que soportar su constante goteo. Lo instalé virtualmente como banda sonora de mi hueca cabecita, de tal forma que llegué a creer que era de ahí de donde surgía. Que no existía tal vigoroso aclamo, que el paso de los segundos en realidad era nimio e inversamente proporcional al avance de los meses. Que nada sospechoso había fuera  para inducirme a pensar que mi vida iba a cambiar de alguna forma. Acabe incluso acostumbrándome a aquel terrorífico tic tac húmedo…
Pero por más que lo desatendía allí seguía sin remedio el tintineo de la existencia, goteante, creando estalagmitas tan altas en la gruta de la inconsciencia que llegaron a aparecer en mi realidad. Turbándome la surrealidad en la que feliz e ignorantemente estaba viviendo mi ocre verano.

Comencé a sentir pinchazos, premoniciones. Abre los ojos, susurraba una voz grotesca perteneciente a un pequeño ser rosado que vivía en aquella caverna. Algo ha cambiado fuera, durante tus largas horas de fantasía simulada.
Le hice caso, por una vez (y tardíamente). Miré tras mis párpados entreabiertos hacia la infinidad de la luminosidad recién descubierta. Como naciendo, saliendo de una psicodélica oscuridad, de un complejo caparazón con forma de geoda brillante y austera.
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Antes de verlo, lo sentí. Temblaron mis dedos y mis cuerdas vocales bajo su silencioso latir sin olas, se resecaron mi nariz y labios con su salada mezcla de mar de eternidad y glaciar súbitamente derretido de minutos emponzoñados. Dulce, pero a la vez temerario.
Recién surgido del pasar de las horas, del gotear del tiempo, de la excavación de las ideas.
Abierto, frente a mí. Esplendoroso y espeluznante de la misma manera. Bello. Majestuoso. Refrescante. Resucitante.
Abrí los ojos del todo y me entregué por completo al infinito cantar del gran fiordo.


Ese surgido de la nada de tanto modular desdeñosamente el tiempo.
Y a tan solo 3 vigilias, como todos los buenos milagros.


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