Por eso la evito, porque ahora
que aún puedo, sigo siendo adicta a la ignorancia y a esquivar las punzadas de
explosivos sentimientos que arañan fluorescentemente mi interior.
Medicada, conectada a un catéter
de lana y frío, dopada con gramos y gramos de un espíritu nuevo de
auto-superación, amor y lucha, engullendo poco a poco pastillas de desconcierto
y lágrimas. Necesito 40 pinchazos de realidad para terminar el tratamiento,
para curarme de una vida ponzoñosa y podre y dejar de recurrir a la evasión y
al confinamiento en mi geoda para ser feliz.
Necesito que mi corazón explote
ya, sano y latente. Quiero dejar crujir con libertad mi piel, mis entrañas y
mis sentimientos. Mutar como los lagartos, dejando en mi camino escamas de
perjuicios y falsas actitudes, dejar que caigan solas, sobrantes ya en mi forma
de enfrentarme a la vida. Renacer de alguna forma sacando a relucir un interior
algo olvidado y poco pulido y vivir de él, y morir por él y darlo todo por
mejorarlo. Hacer ¡plaf! y dejar de ser una persona con la que no me identifico.
Cambiar, sanar, rejuvenecer en cada surco en mi rostro.
Quiero lucir una sonrisa real,
pura y bella; quiero que mis ojos lloren de cara al público, que mis manos se
aferren a personas que valgan la pena. Que mi corazón se enamore de algo
tangible e idóneo, que mis párpados ya no necesiten cerrarse para sentirse soñando,
que mi mente se estimule en lecturas que realmente cambien mi vida. Que la
sociedad deje de abofetearme con estereotipos e incomprensión, defenderme,
dejando atrás la cobardía y el independentismo, armarme de fusiles de asalto
cargados con balas de frescura. Luchar. Combatir.
VIVIR
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