domingo, 21 de julio de 2013

Gracias, Destino

Comenzó a picarme la soledad un día cualquiera de julio. Una tarde veraniega en la que cantaban los pájaros, bailaban las flores y el sudor recorría toallas enteras. Largas introversiones  frescas habían precedido al momento mencionado, pero Sol seguía mirándome atento, con sus grandes ojos ultravioletas, como inquiriendo la realidad de mi ser bajo el bronceado. Yo, tumbada libremente sobre la arena, sentía como cada grano se me pegaba a la piel, recordándome las cosas que me perdía en aquella solitaria escena.

De pronto, llegó oportuna una ola de sonrisas y me arrastró con ella. Me ahogué en la espuma de los abrazos y las noches alegres, inspiré el salitre del cariño y las charlas a la sombra, me rozaron algas de ternura y emociones... y ya no pude abandonar la mar. Comencé a dar inmensos paseos deambulantes en las sendas del “tú quién eres” y breves carreras por los campos de la amistad que siempre comenzaban por el “a que no eres capaz de enamorarte de tu vida antes de un mes” (las gané todas). Sin lentillas, con los ojos cerrados aún bajo el agua, sentí y viví lo que todos llaman pasión estival. De manera sana y brillante, descubrí todas las almas gemelas que habían vivido fuera de mi ombligo durante todo este tiempo, les agarré de los pelos y les regañé, tiernamente, por no haber aparecido antes.

Así, con las emociones a flor de piel y las florituras de mi especie haciendo la fotosíntesis en mi pecho, me sitúe a una página de calendario de dejar atrás todo lo recién y tardíamente conocido. Se bifurcó el camino ante mis ojos y dos rutas aparecieron en la distancia. Aquella que rezaba: posible vida nueva estaba tapiada, el camino cortado y solo rendijas entre las verjas me impedían ver su prometedor final y su bellísimo trazado de dientes de león y margaritas. La otra, cuesta arriba y con algunos escalones, se mostraba cosmopolita y plagada de amapolas suaves, de farolas de ideas, de baldosines grandes para pisadas fuertes, como predispuesta a ser recorrida solo por caminantes experimentados...

La facilidad con la que una vida cambia la determinó en mi caso una simple oleada de amor y complicidad. La dificultad con que se abandona una playa fue provocada, en mi verano, por tener que atravesar un desierto de dunas para salir de ella, aún con los pies mojados.
Pero voy caminando por ese desierto abrazada a los demás trotamundos que voy conociendo en el viaje, mientras que desde casa lo ya vivido se despide entre rencores. Tan amena será la transición que antes de llegar a la bifurcación, mis compañeros de travesía ya me habrán atado  una cuerda para no perderme nunca, solo que en el corazón, despistadamente.

Me giraré entonces hacia mi nuevo camino y atisbaré finalmente la gran meta a lo alto de la cuesta, justo cuando sus lágrimas cesen y se pierdan sus siluetas en la lejanía física pero no emocional.
En ese momento, frente a la escalera, solo me quedará tomar fuerzas para no dejar de subir nunca.


Gracias, destino, gran hacedor de vidas.
Ahora se que nunca es demasiado tarde para lo que nos tienes reservado.


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