Comenzó a picarme la soledad un
día cualquiera de julio. Una tarde veraniega en la que cantaban los pájaros,
bailaban las flores y el sudor recorría toallas enteras. Largas introversiones frescas habían precedido al momento mencionado,
pero Sol seguía mirándome atento, con sus grandes ojos ultravioletas, como
inquiriendo la realidad de mi ser bajo el bronceado. Yo, tumbada libremente
sobre la arena, sentía como cada grano se me pegaba a la piel, recordándome las
cosas que me perdía en aquella solitaria escena.
De pronto, llegó oportuna una ola
de sonrisas y me arrastró con ella. Me ahogué en la espuma de los abrazos y las
noches alegres, inspiré el salitre del cariño y las charlas a la sombra, me
rozaron algas de ternura y emociones... y ya no pude abandonar la mar. Comencé
a dar inmensos paseos deambulantes en las sendas del “tú quién eres” y breves
carreras por los campos de la amistad que siempre comenzaban por el “a que no
eres capaz de enamorarte de tu vida antes de un mes” (las gané todas). Sin
lentillas, con los ojos cerrados aún bajo el agua, sentí y viví lo que todos
llaman pasión estival. De manera sana y brillante, descubrí todas las almas
gemelas que habían vivido fuera de mi ombligo durante todo este tiempo, les
agarré de los pelos y les regañé, tiernamente, por no haber aparecido antes.
Así, con las emociones a flor de
piel y las florituras de mi especie haciendo la fotosíntesis en mi pecho, me sitúe
a una página de calendario de dejar atrás todo lo recién y tardíamente conocido.
Se bifurcó el camino ante mis ojos y dos rutas aparecieron en la distancia.
Aquella que rezaba: posible vida nueva
estaba tapiada, el camino cortado y solo rendijas entre las verjas me impedían
ver su prometedor final y su bellísimo trazado de dientes de león y margaritas.
La otra, cuesta arriba y con algunos escalones, se mostraba cosmopolita y
plagada de amapolas suaves, de farolas de ideas, de baldosines grandes para
pisadas fuertes, como predispuesta a ser recorrida solo por caminantes
experimentados...
La facilidad con la que una vida cambia la determinó en mi caso una
simple oleada de amor y complicidad. La dificultad con que se abandona una
playa fue provocada, en mi verano, por tener que atravesar un desierto de dunas
para salir de ella, aún con los pies mojados.
Pero voy caminando por ese desierto
abrazada a los demás trotamundos que voy conociendo en el viaje, mientras que
desde casa lo ya vivido se despide entre rencores. Tan amena será la transición
que antes de llegar a la bifurcación, mis compañeros de travesía ya me habrán
atado una cuerda para no perderme nunca,
solo que en el corazón, despistadamente.
Me giraré entonces hacia mi nuevo
camino y atisbaré finalmente la gran meta a lo alto de la cuesta, justo cuando
sus lágrimas cesen y se pierdan sus siluetas en la lejanía física pero no
emocional.
En ese momento, frente a la
escalera, solo me quedará tomar fuerzas para no dejar de subir nunca.
Gracias, destino, gran hacedor de vidas.
Ahora se que nunca es demasiado tarde para lo que nos tienes reservado.
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