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No sale de mi cabeza, no para de gritar desde mi estómago. “¡Groorr!”
se queja refunfuñando. Me pega mordisquitos en las paredes internas de mi
cuerpo. "¡¡Shh!! ¡¡ya hemos comido!!" le respondo, pero su eco se propaga de pies a cabeza. “¡Rarrgg!” “¡Dame comida!” parece
que reclama.
Me doblo del hambre que tengo, aún sabiendo el poco derecho
que tengo de quejarme. Pero no pienso en el hambre mundial, sino en el hambre
gutural que siento yo, como ser ansioso. ¡Duele! ”¡Crurgg!” No puedo más.
Comienzo a delirar. Me sobra la imaginación para ponerme a
fantasear con platos y platos de exquisitos manjares: delicadas montañas
colosales de pasta sedosa y dorada bañadas por una salsa blanquecina, espesa y
humeante salpicada de pequeños soplos de apio en daditos… jugosas piezas carne
rosada, churruscadas y crujientes, empapadas en jugos y en patatas perfectamente
fritas y alargadas, chispeantes y calentitas… tartas altas, chocolatadas, del
grosor de mi antebrazo, migosas y
esponjosas, con líquida nutella por encima… suaves crêpes salados, con el queso
fundido rebosando por sus bordes al intentar cortarlos, explotando ardientes en
tu boca al morderlos… chorros de caramelo líquido que, con música celestial de fondo,
caen al vacío, sin dirección ni sentido, pero pringosos, espesos y dulces…
Comida. Oh, Dios, como amo la comida.
Si de placer se trata, vivo en mi propia fantasía cuando saqueo
la despensa, si… y caigo en sus brazos. Como, me sacio hasta que mi estómago
pesa y me preocupo por comenzar de nuevo el ciclo de tortuosidad. Quedan 30
segundos…tic tac…30 segundos para debatirme entre si morir guapa y hambrienta o
feliz y gorda…
...
...
...
...
...
… ¿queda chocolate?
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