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Mi infinito, mi delirio. Mi luz, mi cielo. Mi vida, mi amor.
Ahí, en la lejanía del roce, en
la cercanía de la distancia.
Allí, donde nadie más llega,
donde solo tú sabes esconderte.
Refugiado dentro, colapsado en
mí. Solo deseo que te lleguen mis latidos...
Y es que te quiero. Y me deshago
en cada significado de tu boca. Te quiero. Como el sol quiere a la Luna, como
los astros respaldan mis palabras. Te quiero. Como el mar muere por su espuma.
Y
es que vivo, enamorada de tus ojos claros, de tu parpadear sincero. De tu
cenizo cabello, de tu gusto suave. De tu sutil tacto, de tu mirada fuerte. De tu
lado oscuro, de tu iluminada mente. Vivo, sin vivir en mí ciertamente,
solo parafraseando versos de poemas ñoños, de letras de canciones horteras. Transparente,
fuera de mi ser, vagando en un cielo en el que tú eres la única estrella.
Mi príncipe, mi superhéroe. Mi Romeo
desgarbado.
La razón de mi sordera, la causa
de mi insomnio, el motivo de mi diáfana afonía.
Tú, sin más aplomos. Siendo tú
quién eres, riendo tú como ríes y hablando tú como hablas.
Nace mi yo entonces. Cuando con
tus cuatro codos te apoyas en mi alma y con tus largos dedos dibujas nuestro
amor en el cielo.
Allí reside. Allí mismo, donde
miro cuando te echo de menos. Allí, donde en tarritos se custodian los gritos de
nuestros silencios. Allí, donde mi mano atrapa la tuya.
Allí, en lo infinito
del Universo.
En un mundo paralelo donde vivimos cada vez que descolgamos el teléfono.
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