El destino es el padre que nos
guía, un padre autoritario y duro, que siempre conseguirá que tomes las decisiones
que el crea adecuadas para ti.
No hay margen, no hay libertad. En
el mundo en el que vive el destino el libre albedrío no es más que una ilusión
pasajera y deseada, que se cuela en los ensueños de nuestra iniciativa mientras
ésta duerme.
Sin embargo, en el paralelo mundo
en que vivimos nosotros, ella se despierta y no recuerda lo que ha soñado, así que
seguimos creyéndonos dueños de nosotros mismos, una idea que sigue y seguirá
patente en nuestras inocentes cabecitas.
Vivimos ajenos a la sombra que se
cierne tras nosotros.
El destino es esa sombra, la que
refleja en realidad su silueta allá donde tú debes dirigirte. Se disfraza de consciencia,
nos engaña. Se mete dentro y toma las decisiones por nosotros Silencioso, mudo.
Inocuo y voluble, cuando quieras girarte para verle, ya no estará.
Y es que el destino es como una gravedad
inversa: no te mantiene atado al suelo, si no que te hace despegar y recorrer el mapa donde todo está escrito. Donde
las decisiones que “tomamos” nos llevan de un lado para otro, mientras
recorremos nuestro presente ciegos e ilusos.
Una gravedad que no te suelta, que
juega con tus hilos moviéndote cual insignificante marioneta. Que hace que
hasta el lado de la cama en el que duermas, sea trascendental en la vida del
ácaro que reposa en el lado opuesto.
El destino es la maraña que lo
enmaraña todo. Que nos conecta. Que traza visuales con cualquier detalle de nuestra
vida. Que une personas, que las separa. Que te lleva lejos, que te deja quieto.
El destino es quien decide.
No tenemos ni voz ni voto. Sometidos
bajo su voluntad vivimos semi-inconscientes y felices sin embargo, pues de nada
sirve rebelarse. El efecto mariposa, el hijo del destino, nos vigila de cerca
para que acatemos las normas.
Vivir y callar.
¡Así es la vida!

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