lunes, 29 de octubre de 2012

¿Qué es el destino?

El destino es el empujón que decide por ti en la bifurcación de tu camino. El golpe que te tira desde el abismo a las rocas afiladas. Es la mano que coge la tuya y te lleva lejos, muy lejos, sin darte cuenta. Te sujeta, lívido, y corre contigo en brazos a lugares que solo él conoce, lugares que rielan sobre el mar de lo imposible.


El destino es el padre que nos guía, un padre autoritario y duro, que siempre conseguirá que tomes las decisiones que el crea adecuadas para ti.
No hay margen, no hay libertad. En el mundo en el que vive el destino el libre albedrío no es más que una ilusión pasajera y deseada, que se cuela en los ensueños de nuestra iniciativa mientras ésta duerme.
Sin embargo, en el paralelo mundo en que vivimos nosotros, ella se despierta y no recuerda lo que ha soñado, así que seguimos creyéndonos dueños de nosotros mismos, una idea que sigue y seguirá patente en nuestras inocentes cabecitas.

Vivimos ajenos a la sombra que se cierne tras nosotros.
El destino es esa sombra, la que refleja en realidad su silueta allá donde tú debes dirigirte. Se disfraza de consciencia, nos engaña. Se mete dentro y toma las decisiones por nosotros Silencioso, mudo. Inocuo y voluble, cuando quieras girarte para verle, ya no estará.

Y es que el destino es como una gravedad inversa: no te mantiene atado al suelo, si no que te hace despegar  y recorrer el mapa donde todo está escrito. Donde las decisiones que “tomamos” nos llevan de un lado para otro, mientras recorremos nuestro presente ciegos e ilusos.
Una gravedad que no te suelta, que juega con tus hilos moviéndote cual insignificante marioneta. Que hace que hasta el lado de la cama en el que duermas, sea trascendental en la vida del ácaro que reposa en el lado opuesto.

El destino es la maraña que lo enmaraña todo. Que nos conecta. Que traza visuales con cualquier detalle de nuestra vida. Que une personas, que las separa. Que te lleva lejos, que te deja quieto. El destino es quien decide.

No tenemos ni voz ni voto. Sometidos bajo su voluntad vivimos semi-inconscientes y felices sin embargo, pues de nada sirve rebelarse. El efecto mariposa, el hijo del destino, nos vigila de cerca para que acatemos las normas.

Vivir y callar.






¡Así es la vida!


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