Pienso y me regodeo en mi
pensamiento. Mi cabeza en un cubo vacío de expectativas, es como un mar hueco y
profundo en el que descansa el agitado palpitar de mis ideas.
Pienso, y con cada neurona
despilfarrada mis nervios tiemblan. Se me eriza la columna y se me ensarza la
clavícula. Con cada pensamiento mi mundo se agita, mi pequeño y tierno mundo. Tan
joven y poco maduro que da un vuelco con cada soplo de amor que osa mecerse entre sus brazos. Tan inexperto y
asustadizo que resucita en un simple te quiero.
Pasan los días y mi cabeza sigue
runruneando. Chirría tanto que no me deja concentrarme en pensar lo que siento
y en sentir lo que digo. Mariposea y bate con fuerza sus alas sobre mí, se
cierne y me cobija el sentido común entre arropos de inconsciencia. Lo mece
hasta que cae-y caigo-rendida ante el aplomo del fantaseo y, ahí, es donde
muere mi inteligencia.
Entre las líneas de lo razonable
y… y tú.
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