domingo, 7 de octubre de 2012

Inocuo. Impalpable. Batiente.





Pienso y me regodeo en mi pensamiento. Mi cabeza en un cubo vacío de expectativas, es como un mar hueco y profundo en el que descansa el agitado palpitar de mis ideas.

Pienso, y con cada neurona despilfarrada mis nervios tiemblan. Se me eriza la columna y se me ensarza la clavícula. Con cada pensamiento mi mundo se agita, mi pequeño y tierno mundo. Tan joven y poco maduro que da un vuelco con cada soplo de amor que  osa mecerse entre sus brazos. Tan inexperto y asustadizo que resucita en un simple te quiero.

Pasan los días y mi cabeza sigue runruneando. Chirría tanto que no me deja concentrarme en pensar lo que siento y en sentir lo que digo. Mariposea y bate con fuerza sus alas sobre mí, se cierne y me cobija el sentido común entre arropos de inconsciencia. Lo mece hasta que cae-y caigo-rendida ante el aplomo del fantaseo y, ahí, es donde muere mi inteligencia.

Entre las líneas de lo razonable y… y tú.



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