Mis dedos rozan la tierra, piso
firme. Mis camperas aguantan, no resbalan ante la pulcra limpieza del suelo. Como
si de un gran salto aterrizara, siento la presión del golpe en mis muslos. Veo
reflejado un remake en distorsión de mí misma mientras camino. Cabeza hundida,
pelo despeinado, paso decidido. Los cascos se arremolinan en mi cuello, el libro
se me arruga bajo el brazo. Es lo mismo, no me importa, aquí estoy, estaba
escrito. Me enrosco en cada segundo que arrastran las ruedas de mi maleta y
sigo entre solitarios y clausurados comercios. Entre miradas pasadas que aún
perduran tras el cristal de las puertas giratorias.
Queda atrás el aeropuerto. Sigo andando
mientras caigo en que es de noche, y mientras tropiezo con la idea de que llevo
tanto tiempo volando por ahí que ni siquiera sé hacia donde caminan mis pies. Ah,
sí. El coche.
Su trote me arropa, me mece. Intenta
que duerma, pero no soy capaz. Estoy demasiado despierta en mi propia ensoñación
para rendir ante la de otros. Me despego de su embriaguez y veo un rótulo más
allá de la acera, en luces de neonizados colores. Dicta: “Caprice” y es entonces
cuando la ventanilla se baja, como magnetizada, y apoyo la cabeza en su seno. Me
entrego a ello, definitivamente. Dejaré que el viento me arranque los minutos
de la cara, a duros arañazos. Dejaré que me latigue mientras inhalo el alma de
la nada y se me cuela dentro. La estoy sintiendo danzar en mí, vaciándome,
esculpiendo una sonrisa en mi rostro… y entonces lo siento. Está ahí. Ese olor.
Ese olor a polyestireno y canela.
Me impregna la vida. Me empapa los parpados. Gotea en mi mente. Inspira mis expectativas.
¿Qué está ocurriendo?
Se suceden las luces y las
sombras, en un caótico vals de música sorda e imágenes mudas. Mi mente se
derrama sobre el cristal y mis ideas se desparraman cual desperdicio de gaviota
por el costado de coche. Sigo allí, perdida e inmensa entre juegos de texturas
y viajes a la nada. Entre tumbos y baches, entre vibrantes melodías andaluzas y
sazonadas de bienvenida.
He llegado. Este era mi destino. Me
atrevo finalmente a mirar al cielo encapotado mientras me pregunto…
…¿a qué sabrán las nubes?
No hay comentarios:
Publicar un comentario