Relajación es ver vacío cuando el
mundo fluye, bullicioso en un ritmo frenético que le da vueltas al planeta. Es sentirse
en calma cuando la tempestad hunde tus pisadas en una plácida distonía abrupta
y descuidada. Es la paz entre las tinieblas, es la realidad lúcida y cristalina
que se vislumbra al final de cada torbellino de emociones.
La relajación es el clímax del
pensamiento, el ansiado placer al que solo aspiran las mentes abiertas y
meditabundas que deambulan por su propia existencia solicitando soledad. Es ese
periodo de tiempo que discurre entre el rayo y el trueno, ese pequeño paréntesis
que afirma que el mundo es imperfecto, pero que te es indiferente, que no te importa
lo más mínimo siempre y cuando seas capaz de mantener esa blancura en tu
cabeza.
La relajación es la abstracción
del todo. Una unidad que, despistada, huye de tu entorno dejándote a solas con
la nada. Es un punto de inflexión en el que desearías no existiese el ruido,
ese inoportuno ¡crash! que rompe estruendosamente
la serenidad que habías estado enrollando cuidadosamente en un asfixiante nudo
alrededor de tus neuronas.
La relajación es simplemente el
perpetuo estado del perezoso, el delirio del pensador (que se permite,
holgazanamente, un respiro), la meta de los tibetanos y la antítesis del adicto.
Es un reflejo del lado inerte del cerebro, del
lado que se mantiene obsoleto, ese 10% que dicen que no controlamos. Estoy segura
de que harto del abandono, surge desde el fondo más oscuro y olvidado del
encéfalo, abriéndose paso entre saturados pensamientos cuanto estás a punto de
estallar. ¡La relajación es la pesadilla de la consciencia! La deja K.O.,
inservible e inutilizable por unos instantes. Ella, orgullosa e incansable, se
debate a manotazos por aportar cordura, por cambiar el interruptor y hacer que
pases del modo stand by al modo on en un fatídico instante que te
devuelve de sopetón a la realidad, siempre odiosa y zumbante.
La relajación es el acto de camuflar
y maquillar la cohesión del mundo para dejarlo hecho un ovillo en un rincón. Es
un gran favor que nos hace nuestro inconsciente, un regalo para que apreciemos la
actividad a la que tristemente lo sometemos cada día.
…O quizá sea más bien un recordatorio,
un lapsus de sobre-carga en la cima del atareamiento. El suicidio por estrés de
una mente sofocada por tanto trabajo.
Sea lo que sea la relajación, está
claro que mis hipótesis son totalmente contrarias a su esencia.
Necesito un buen descanso.

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