Quiero que seáis conscientes de vuestra condena, vuestra existencia:
Vivís y morís estrangulados,
mórbidos, fatídicos… ahorcados por vuestra propia médula y asfixiados por el
peso de vuestras insulsas y despreciables vidas.
Me repugnáis. Siempre coléricos y
gritones, preocupadísimos por algún retoque insignificante de vuestro
plastificado disfraz, siempre molestos por alguien o algo que sabéis superiores
a vosotros y que criticáis por ello.
Inseguros. Indefensos. Solos, al
fin y al cabo. No os aferráis a la vida y a las ganas de tenerla solapada y
atornillada a vuestros artificiales corazones. Os llenáis los pulmones de
superficialidad vana y remota y no apreciáis el mundo, no os paráis a observar
su grandeza descrita entre líneas, sino que pasáis centelleantes y efímeros
mirándolo de reojo como si fuera vuestro esclavo.
Desde altas nubes yo os repudio. Dejo
caer la lluvia que os empapa el intelecto, os remoja las neuronas y os atrofia el
mecanismo al que llamáis templo. La humedad os acongoja por el simple hecho de
que os despeina.
Vuestro ombligo encabeza las
listas mundiales del egocentrismo y vivís, o mejor dicho, os arrastráis por
vuestra existencia como gusanos pletóricos al encontrar un agujero donde
esconderos, donde criar y trabajar el resto de vuestra mundana e insulsa vida y
donde morir entra paños negros y descoloridos, retales de una felicidad que
nunca alcanzasteis.
De seguir como estáis, hipócritas
enloquecidos os darán de bruces en el futuro indeleble y ya perpetuo que os espera.
Daos cuenta de que aquí empieza
vuestra tortuosa agonía, aquí empieza vuestro futuro.
Aquí termina vuestra superioridad
idiota.
Fdo: La Brillantez Euphórica

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