Sus manos estaban marcadas por el tiempo. Se notaba que habían pasado por muchísimos relojes, que habían tocado millones de tipos de madera diferentes, que habían acariciado ásperamente cada minuto que había pasado por ellas. Sus parpados caían víctimas de la gravedad y del cansancio, apagados, formando un arco que le daba aspecto triste y soñoliento.
Manchas oscuras y surcos arrugados recorrían su cara, como si fueran los cristalinos ríos de la vejez. Era increíblemente mayor, pero tenía una alegría de vivir impresionante y sus ánimos eran inagotables. Poseía la vitalidad de un niño: un alma joven encerrada en un cuerpo estropeado y viejo, pero que sin duda, él sabía aprovechar al máximo.
Se deslizaba por su taller rápido, preciso y exacto, sabiendo en cada momento donde y como buscar, a pesar de que este era una vieja casa de madera, mancillada también por los duros estragos del tiempo.
Era sombría, ya que estaba de oculta al sol por un gran roble, robusto y fuerte, cuyas ramas se enredaban por sus gruesas paredes, cortándole el paso a la luz. Además, por sus ventanas entraban rayos demasiado tenues, que casi no permitían ver con claridad pero que, sin embargo, bastaban para llenar el ambiente de un aura misteriosa y fantástica. Era mágico entrar allí y empaparte de la inmensa sabiduría de aquel anciano y de sus más extrañas vivencias, las cuales contaba mientras se sumergía en el complejo mundo de la mecánica relojera. Su mente, a pesar de estar ya demasiado usada y exprimida, era capaz de dividirse y atender a dos cosas a la vez: a nuestras intensas conversaciones y a sus queridos y amados relojes. Era mucho lo que tenía que contar y muchos los lugares que había visitado, desde abandonadas aldeas montañosas hasta vivas y bulliciosas ciudades.
Era mucho lo que tenía que ofrecer, pero poco el tiempo que le quedaba para hacerlo.

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