...y de las vidas.
Menuda tontería, pensaba. Aún
estamos en mayo. ¡Deja de correr tanto, que no hay prisa! Mascullaba siempre sonriendo.
Pero el tiempo no me hizo caso y siguió
chafándose rítmicamente día tras día, empapando con cada hora un porquito de MI
tierra, de MI suelo, de ¿MI? mundo. Creando charquitos allá por donde mi cabeza
avanzaba. Se entrometía, me mojaba los pies y también la cordura. Me hizo
delirar tiernamente, con el sigilo de un fino hilillo de agua sobre los codos,
colándoseme en el escote, los oídos, el corazón.
Ingeniosamente me bebí su
esencia, para no tener que soportar su constante goteo. Lo instalé virtualmente
como banda sonora de mi hueca cabecita, de tal forma que llegué a creer que era
de ahí de donde surgía. Que no existía tal vigoroso aclamo, que el paso de los
segundos en realidad era nimio e inversamente proporcional al avance de los
meses. Que nada sospechoso había fuera para
inducirme a pensar que mi vida iba a cambiar de alguna forma. Acabe incluso
acostumbrándome a aquel terrorífico tic tac húmedo…
Pero por más que lo desatendía allí
seguía sin remedio el tintineo de la existencia, goteante, creando estalagmitas
tan altas en la gruta de la inconsciencia que llegaron a aparecer en mi
realidad. Turbándome la surrealidad en la que feliz e ignorantemente estaba
viviendo mi ocre verano.
Comencé a sentir pinchazos,
premoniciones. Abre los ojos, susurraba una voz grotesca perteneciente a un pequeño
ser rosado que vivía en aquella caverna. Algo ha cambiado fuera, durante tus
largas horas de fantasía simulada.
Le hice caso, por una vez (y
tardíamente). Miré tras mis párpados entreabiertos hacia la infinidad de la
luminosidad recién descubierta. Como naciendo, saliendo de una psicodélica
oscuridad, de un complejo caparazón con forma de geoda brillante y austera.
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Antes de verlo, lo sentí.
Temblaron mis dedos y mis cuerdas vocales bajo su silencioso latir sin olas, se
resecaron mi nariz y labios con su salada mezcla de mar de eternidad y glaciar
súbitamente derretido de minutos emponzoñados. Dulce, pero a la vez temerario.
Recién surgido del pasar de las
horas, del gotear del tiempo, de la excavación de las ideas.
Abierto, frente a mí. Esplendoroso
y espeluznante de la misma manera. Bello. Majestuoso. Refrescante. Resucitante.
Abrí los ojos del todo y me
entregué por completo al infinito cantar del gran fiordo.
Ese surgido de la nada de tanto
modular desdeñosamente el tiempo.
Y a tan solo 3 vigilias, como todos los buenos milagros.

