
Se apagan las luces celestes. Sucumbe
Sol a las llamas y, lleno de ira, las agarra con fuerza haciéndolas estallar
entre sus dedos. Irradian tanta luz que eclipsan al astro. Tanto, que incluso
las nubes se acercan a observar su incandescencia. El fuego de Otoño ha sido
prendido. Surge en rojizas y ocres tonalidades, explota con cada segundo que
pasa, embaucador, tiñéndolo todo a su paso. Las Hojas caen desmalladas con su
belleza, con su fuerza. Encandiladas, se dejan poseer por él. Es todo un
rompecorazones. Les provoca, se insinúa contorneándose en su paleta cromática,
les saca los colores a las pobres e impresionables infelices, que se ponen
coloradas. Él lo disfruta, le gusta ser deseado. Ellas, desvirgadas, quieren olvidar
el supor que les ha supuesto enamorarse de tal manera del ardiente Otoño. Se sienten
utilizadas y caen, dejando que su consoladora amiga Brisa, las mezca. Pero ya es
demasiado tarde. Muertas de amor, son arrastradas.
Viento, que cabreado maldice al “romántico”
asesino, se las lleva a su oculta guarida, con delicadeza. Cual padre, sufre por
ellas, jóvenes y frágiles princesas, todavía poco lacradas y débiles ante la pasión. Contribuye a su
retirada. No quiere que sean el hazme reír del bosque, pues aún poseen la
dignidad de cualquier dama.

Sol, a su vez, se da por vencido.
No puede hacer nada contra tal esplendor. Se retira tras su hermana Nube a
llorar tranquilo. Es de personalidad enclenque, se esconde exánime tras su
corteza radiante. Blandengue y frustrado, no puede evitar asomar humildemente y
de vez en cuando la cabeza tras ella. Y… todo lo que ve es desolación. El mundo
ha caído a los pies del recién llegado casanova y muchos prefieren la muerte que
el rechazo. Observa aún escondido como el viento hace las veces de enterrador
en el lejano mundo que custodia con ahínco. No solo han caído las hojas, han
sido derrotadas también las margaritas. Se han mustiado por la misma causa: el
desamor. Parece que el otoño aspira más alto que a unas jóvenes e inexpertas
flores. Quiere conseguir a Mar, tan sexy e inalcanzable, tan dura e
irresistible, tan bella en su maestría. La ama con locura (debe ser lo único que
ame semejante monstruo caprichoso, que no contento con poder tener a casi
cualquiera, elije a la única que es inmune a sus piropos). Él tiene un plan.
Tan desesperado como despiadado, seduce a la sensible y enamoradiza Temperatura,
consiguiendo que también se rinda ante sus encantos. Con el frío, logra su propósito:
vacía las playas. Quiere el camino libre, no quiere rivales. Quiere a Mar toda
para él. Desea y anhela que sea suya para siempre.
Pero solo consigue un puñado más
de corazones rotos y la antipatía de sus contrincantes en el complicado juego
del amor: el débil Sol, que se dedica a llorar; las pervertidas abejas, que se alejan
abnegadas sabiendo que no tienen posibilidad de polinizar; el bosque, madre de
la naturaleza, que lo repudia por hacerle daño a sus inocentes hijas y a su vez
el viento, ya cansado y atacado por el lumbago de tanto recoger sus yacentes
cuerpos. Y la lista continua…

Pero, a pesar de tanto enemigo,
solo hay uno a quien ha de temer: el protector hermano mayor de Mar se acerca. Ya
resuenan sus pasos en forma de truenos, ya llueve a cántaros, ya se escucha su áspera
voz consolando a su hermanita. Si, Tormenta hace acto de presencia, ahuyenta a
Otoño (que huye acongojado, de repente vulnerable) y permanece al lado de su
querida y ondulada Mar, esperando a que llegue el buen pretendiente que ha
encontrado en una de sus emigraciones o “viajes de negocios” como él los llama.
Invierno, apuesto y gélido, pronto tocará a la puerta. Hasta entonces, se
quedará con aires protectores pululando los alrededores y vigilando que aquel
cretino no vuelva a aparecer.
Mar está agradecida, pero se
siente culpable por el destrozo causado a su costa, nunca mejor dicho. Se lamenta
en silencio, pues solo ella sabe a quien realmente pertenece su corazón. Solo ella
sabe cómo de inútiles son todos estos alborotos por intentar conquistarla.
Ahora, y después de semejante
lío, únicamente le queda el consuelo de saber que su perenne amado está a la
vuelta de la esquina, como quien dice, y que antes de su llegada recibirá además
la esperada visita de su bien querida amiga Primavera.
Si…como añora a su amado, a Verano.

Recuerdos llegan a su mente. Revive
como él apareció de pronto y se quedó con ella, acariciándola suavemente,
poblando sus olas de sensaciones, agitándolas y vistiéndolas de un lujurioso
estado anímico. Rememora como ella, alagada, ruborizada por su cortejo, y ya enamorada hasta la médula, disfruta cada segundo
que pasa a su lado, cada instante que pasa seduciéndola, cada vez que le
hace el amor con calidez y dulzura. Su pasión es mutua, pero está prohibida.
Suspira… desgraciada e
inconsciente también evoca la forma con la que el calor se fue apagando y
como despareció su amado hace tan solo unos días, dejándola desnuda y solitaria
en su lecho de arena.
Quién sabe si el verdadero
peligro de las nenas es en realidad el misterioso y seductor Verano...