Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil,
mis ojos -¡tan lejos de mis oídos!- se abren
noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y
divina que vive en el sinfín del horizonte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario