viernes, 5 de junio de 2015

Luz

Ya perdí la cuenta de las horas que pasé fuera de su arropo. De las horas que dormí en un sitio que no eran sus cálidas manos. De las horas que viví con él siendo un recuerdo en vez de una realidad. En vez de mi realidad.

Ahora, se me aparece como un gran monstruo afable, una tibia tiniebla que asoma entre las montañas. Ahora, y digo ahora a pesar de que sea un periodo de tiempo extraño y nubloso –sin fin aparente ni principio conocido–, ahora y solo ahora en pleno fulgor, su luz me llega. Su luz, cual astro rey, tenue y estática, permanente, rodando en mi cabeza y en mi entereza, enredándome las aspiraciones y las ansias. Atraviesa la curvatura del espacio-sentimiento para clavarse en mis retinas como una flecha fulgurante. Es como cuando se mira al sol y su sombra clara permanece bosquejando todo aquello que se ve, emborronándolo todo de destellos y verdades, de revelaciones y agridulzura.

Después de dos años observándolo vorazmente, admirándolo con brusquedad y con descaro, deshilachando, arrancando y descodificando cada una de sus células hasta casi secuenciar su luminiscente esencia, imagino que tal sombra me acompañará por largo rato. Quién sabe si toda la vida.
En realidad, creo que se ha hecho crónica. Que su presencia ha ido poco a poco alargando mis  venas y mis ambiciones, ensanchando mi tráquea y mi entendimiento, estirando mi piel y mis horizontes para así poder bombear, respirar y absorber más vida, más vida, más vida… hasta que ya no ha habido vuelta atrás. Hasta un punto en que sus estragos en mi han sobrepasado los límites de mi propia consciencia y de mi propio amor, anudando con más certeza y fuerza si cabe los lazos de mi felicidad y mi memoria.

Esa sombra proyectada en todo lo que veo se traduce como un halo sobre todo lo que vivo. Un burbujeante y chisposo manto de suavidad eléctrica, una copiosa envoltura de brillantez efervescente, una leve brisa de testarudez perpetua. Que todo lo envuelve, que todo lo mima que todo lo besa y lo mece antes de procesarlo en mi raciocinio. Que todo lo pausa, que todo frena, que todo lo inmoviliza antes de revolcarlo en el revoltijo de mi desorden.
Que todo lo protege de ese “afuera” que me rodea. Manteniendo el latido y la energía de aquello que ahora, de una vez y por fin, está dentro. Bien, bien adentro.

Sí, ya perdí la cuenta de los instantes que llevo sin caminar sobre su faz, sin deslumbrarme por sus rostros y sin recorrer sus sendas de caudalosa intensidad. Ya perdí la cuenta de los instantes pasados desde que respiré por última vez su desfibrilante aroma o desde que abracé sus lágrimas de alegría. Puede que hasta haya olvidado cuando fue la última vez que le miré el alma y apretujé su sabia melodía.

Pero sé, sé con cada ápice de mi existencia y cada esquirla del agua en mí, que su luz no solo me llega. Sino que su luz de mí brota.


Ahora.
Al comienzo de una travesía recién avistada.