Incendiadas las notas en mi
pentagrama vocal de armonía y ligereza. Inundadas de un color a-coral-ado, aproximándose
lentamente al silencio en mi cabeza. Disminuyen el timbre, aumentan el tono y
enloquecen mis sentidos. Notas, vivencias, miradas. Fragmentados micro-relatos
de final ambiguo y procedencia armoniosa que brotan cual amapolas en medio de
los parajes bucólicos y desangelados. Libres, etéreas, perpetuas. Impregnadas de pasión belleza y pulcritud,
con un afán reformador de impetuosos deseos románticos. Roces de corazones y tamborileo
de pensamientos; rebotes del alma sobre madera; esperpentos de nuestros cuerpos
bajo la hipnótica danza de los recuerdos disfrazados de melodía.
Unión, de tiempos, de conceptos,
de ilusiones. Desencadenamiento de libertades, de arte y dulzor rítmico.
Explosión de enjaulados recuerdos y de volátiles realidades.
Música, canción, pieza, orquesta,
arpa.
Vida, edad, acontecimiento,
sensación, mirada.
-Latido en ambos casos-
Oh, clemenciosa lira desdibujada
entre las notas del corazón y el burdo solfeo de mi alma.
Oh, impetuosa ausencia
de silencio filosóficamente anhelada.
Crece en el interior de cada
estrella, atrapada bajo nuestras uñas, sobre nuestras cabezas. Metamorfosea en
historias fusiladas de silbidos…
Vida, VIDA, ¡VIDA! En cada
rincón, entre arte, canción y lágrimas.
Sinuosa y vigorosa, escondida,
allí, sí allí:
Donde las emociones cantan.

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