jueves, 26 de enero de 2012

Puntillismo


Poco a poco. Minuto tras minuto. Me sumerjo en cada gota de tinta que transpira el papel. No resisto y me hundo en cada punto, en cada milímetro y en cada sentimiento que expulso con cada toque. Me absorbe, me hipnotiza, me marea la complejidad de mirarlos a todos y no ver a ninguno. Tantos puntos tan pegados y tantas sensaciones volcadas sobre ellos. Significados que quedan ocultos en el hueco entre el folio y el color, en ese lugar recóndito y minúsculo donde nadie buscaría nunca mis emociones, escondidas, camufladas, secretas.
El puntillismo es mi tapadera. Soy quien no soy y por eso escondo lo que siento, porque me muero si en tus ojos atisbo compasión o hipocresía, porque si bien no quiero ser quien soy, no puedo mostrarle  nadie lo que escondo tras mis puntos, tras mi vida.

sábado, 7 de enero de 2012

Con las manos en la masa


Por la magia de la Navidad
Adoro esa sensación de sumergir mis manos en harina. En serio, ¡es increíble! Notas la suavidad, la ligereza, la textura, te introduces en un mundo diferente. Si te concentras, llegarías a desear meter la cara ahí dentro.
Es tan… diferente y tan extraña esa sensación. Y yendo más allá de lo ridículo que suena decir esto, quiero referirme a la situación en la que manejas la harina, ese polvo de seda.
Imagínate: la víspera del seis de enero. Tu familia y tú reunidos y apretujados en la cocina preparando un delicioso roscón de reyes entre todos. Te piden que amases la mezcla y allí, entre todo ese ambiente hogareño, sencillo y puro, te encuentras con la harina y la viertes en el bol. Te mira, te seduce, te incita a preguntarte como será tocarla, así que introduces tus manos, la mueves y  la mareas una y otra vez. Te sientes cálido y acogido, entras en una nube y admiras con una percepción diferente lo que está pasando a tu alrededor. ¿A cámara lenta? Puede ser una descripción. Quieres gritarle al mundo un estruendoso gracias y sonríes sin querer. Luego la maravillosidad de la harina se escurre entre tus dedos cuando le añades azúcar, huevo, mantequilla… ¡pero has vivido un momento único y especial que ya no te quita nadie! Has probado el embelesamiento de la harina ¿a que ahora querrías rebozarte en ella?
Quizás lo que pasa es que estoy un poco loca… pero aun así, que importa si se sabe disfrutar y paladear un momento insulso y corriente como ese?
¿Por qué no probáis a buscar vuestra propia harina?

Crónica de un abrazo

Un instante, un momento, tres segundos apenas; un sencillo ápice de tu tiempo invertido en otra persona, en palparle, en conocerle, en saborear su esencia. Un primer roce exquisito, natural y espontaneo, un acto de amor o cariño, una frase resumida en un gesto.
Si se da con fuerza es aún más agradable. Tu cuerpo se pega el del otro y parece como si vuestras vidas estuvieran entrelazadas. Lo sientes cercano, febril, vibrante. Su respiración se acompasa con la tuya y si apoyas la cabeza en su pecho aciertas incluso a oír sus latidos, su ritmo, el ritmo de su alma.
 
Para muchos, algo cotidiano y sin importancia, pero su realidad encierra un acto increíblemente relevante y bello. Es la forma más rápida y fácil de poder conectar con alguien, aunque sea solo por un momento.
La fugacidad de un abrazo nos incita a querer repetirlo. Una y otra vez… es la totalidad del otro y la tuya juntas en una sola, un vínculo efímero y leve, pero a su vez cálido y tierno.
Solamente es un instante, un momento, tres segundos apenas.
La vida es como el abrazo de un desconocido.