Me cogiste la mano y tiraste de mí hacia aquel árbol solitario. El trigo y las hierbas me rozaban las rodillas y el sol me deslumbraba la cara, aunque llevaba mi sombrero de paja bien agarrado. Tu camisa se volaba con el viento, abriéndose y creando formas imposibles en el aire. Tu cabello, del mismo modo, formaba pequeñas espirales, al igual que el mío, que se me enredaba con las nubes. Tu mano firme y suave seguía empujándome a contra viento por aquella pradera de ensueño.
Bajo aquel árbol, las hierbas estaban segadas y la sombra era fresca y agradable. Además, caían pequeñas florecillas rosáceas constantemente, confundiéndose con las de mi vestido y colándose en mis botas.
Hacía calor. Tanto que nos descalzamos y nos tumbamos, apoyados el uno en el otro a disfrutar de la ausencia de sol pero de la abundancia de brisa. Era maravilloso. Algunos tenues rayos conseguían colarse entre las hojas cuando estas se movían por el viento, dando a nuestra estampa un aire melancólico y bello. Yo, con mi sombrero y mi vestido y tú, con tus vaqueros, tu camisa y tu aire despreocupado, que en el fondo yo sabía que era todo lo contrario. Solo había silencio entre nosotros, pero el susurro del roce de los trigales era suficientemente hermoso como para que mereciera la pena callar por escucharlo. Al fin y al cabo, no nos hacían falta palabras para saber lo que queríamos decirnos.
Casi caigo dormida sobre tu pecho, pero Morfeo me dejó de nuevo en tus brazos: aquel momento era demasiado perfecto como para desperdiciarlo durmiendo. Tú y yo en medio de aquel paraje asombroso, casi sacado de una escena de película, sonando de fondo nuestra respiración tranquila y nuestros suspiros, siguiendo el ritmo de nuestros corazones emocionados.
Te incorporaste y apoyándote en el codo me miraste con una profundidad infinita, la de aquellos corazones que están predestinados a fundirse. Me derretiste el pensamiento con esa mirada y sé que con ella llegaste al fondo de mí. En ese instante, que me hubiera gustado congelar, el sol volvió a despuntar y tu piel tostada se ilumino, dándole a tus ojos un brillo enamorado increíble. Me sentí tan arriba como las nubes blanquecinas que volaban sobre nosotros.
Entonces, solo en ese momento ideal, extendiste tu brazo y lo pasaste por mi cintura. Yo me deje caer, como signo de aprobación y me atrajiste hacia ti con delicadeza. Al final, el uno frente al otro, narices casi rozándose, pude distinguir tu aliento, tú pudiste profundizar aún más en mis ojos, si es que aquello era ya posible. Juntos conseguimos descubrirnos y por fin tus labios se decidieron:
-Te quiero - pronunciaron.
Fue casi un susurro y de no haber estado a escasos milímetros de ti no lo habría oído, pero lo hice y eso provoco que mi corazón saltase al vacío en un instante de emoción pura.
Nos acercamos aún más, hasta que nuestros labios se rozaron. Permanecimos así un segundo, antes de que me acercases definitivamente y me rodearas con tus brazos, fundiéndonos en un increíble beso sincero, mientras, sobre nuestras cabezas, el sol coloreaba las nubes del atardecer con un tono anaranjado, otorgándonos la ligereza de dos enamorados en primavera.
¡Cómo no tiene esto un comentario!¡Un aplauso se merece, un nobel!
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