Tengo el corazón oprimido. Noto que hay algo que no me deja que se relaje y sienta. Y sé lo que es: tu ausencia. Las ganas de ti, de verte, de besarte, de mirarte, de tocarte, de sentirte, de olerte de acariciarte… de quererte. ¡Oh! Espera, ya te quiero. Te quiero con locura.
No quería caer en eso, no quería enamorarme. Quería quererte pero no quería tener que sufrir. Y una vez que me permití amarte, tuve que empezar a aprender a vivir sin ti. Porque a pesar de que te tengo en mi corazón y de que tú me tienes en el tuyo, no estas a mi lado y no puedo disfrutarte como me gustaría. Por lo menos, esto me sirve para aprender a confiar ciegamente en ti, a pesar de que adoras la juerga como un niño un caramelo; a pesar de que puedas hacer tonterías; a pesar de que ya tengas demasiada experiencia...
También me sirve para no ser tan impaciente. Si no tengo noticias tuyas, aunque me cueste, pensare que quizás estés ocupado, porque no puedo ni imaginarme que la verdadera razón sea que me has olvidado; eso me mataría. Si no me llamas en un par de días, si no hablamos, te llamare yo y aunque no me lo cojas, aguardare ansiosa que me devuelvas la llamada. Me conformo con esto. Es poco lo sé, pero te quiero.
Y eso puede con todo.